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 El Eterno Retorno, de Karina Madariaga  

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EL ETERNO RETORNO

De Karina Madariaga

(septiembre de 2007)

Mientras el hombre esperaba la hora anunciada por el jefe, la tarde caía a mansalva sobre la laguna Esmeralda. Mil destellos verdes y azules emergían del agua que parecía herida de muerte en su piel antigua de quieta piedra.

El hombre miró la superficie resquebrajada y ahogó un suspiro de alivio. Allí tampoco estaba.

Paseó su vista por el parque que se preparaba para recibir el eterno retorno de la noche: los sauces alargaban sus falanges de tallo verde hacia la tierra, todavía tibia de sol; islas de camalotes ancestrales parecían suspendidas en el aire próximo al agua y del líquido elemento emergían auras fantasmales de niebla gris.

El hombre vio que ciertamente ya no había naves, “seguramente sus velas habrán ido río arriba, a buscar aquello que aquí no encontraron”, pensó.

Notó que el paisaje también esperaba. Caminó por el sendero que los animales habían construido desde siempre. Sus pasos sordos en la tosquilla avanzaban seguros. Se acercó a la barranca.

Sabía que su andar sería truncado en cualquier momento por la presencia esperada. No la conocía, pero el anhelo por su presa lo llevaba en brazos de deseo soberbio.

Al llegar a la horqueta del arroyo, respiró profundamente. Esa pausa, que impuso a sus pulmones la tarea ardua de la retención del aire, le recordó el tesoro preciado. Su tórax desnudo y moreno de arcilla, dibujaba un latido humano en el borde del arroyo. (El camino de ida, sería para él, desde aquel momento, sólo eso).

Pronto el agua se agitó, turbia, marrón, arremolinada.

Los camalotes azules dieron paso a un avance extraño; el parque todo cubierto de niebla y silencio aguardó expectante.

……………………………………………………………………………….

Una sórdida figura palpitante provocaba el llamado. Su agitar rítmico era el mismo deseo vital en el umbral del agua y el viejo mundo. De un salto sordo y escamoso tomó aquel cuerpo de barro y arena y obtuvo lo que sería su ánima.

………………………………………………………………………………

Ya en plena noche el cuerpo exánime del cazador chaná yacía en el borde del agua en un sueño aparente. Sin embargo, su pecho quieto delataba la falta de la animosa presencia, porque un gran pozo rojo se abría inerte.

Como desde la noche inmemorial, como desde siempre, otro incauto yacía sin pulmones luego del ataque del híbrido eterno, la bestia del arroyo, el Yaguarón.

Karina Madariaga