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 20 de diciembre, Balance del presidente que se fue  

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DIARIO PÁGINA 12, 21 DE DICIEMBRE DE 2001

DOS AÑOS Y DIEZ DIAS ENTRE MENEM Y LA MISMA SOPA
Balance del presidente que se fue

 

La asunción de Fernando de la Rúa hace dos años y diez días significó para la mayoría que lo eligió la ilusión de que había terminado el modelo neoliberal. Y después fue el desconcierto de que en realidad habían votado a Domingo Cavallo como ministro de Economía. La misma gente que lo votó finalmente se sintió defraudada y se lanzó a las calles para echarlo.

Por Luis Bruschtein

Fernando de la Rúa había sido elegido para gobernar cuatro años con la posibilidad de ser reelegido otros cuatro y sólo gobernó dos años y diez días. No fue volteado por un golpe militar, que tendría algún mérito, sino por un alzamiento popular provocado por la política económica que aplicó. Y había sido votado por el pueblo para aplicar lo opuesto a esa política. Desde el punto de vista de la eficiencia política no parece un buen handicap.
Pero es cierto que el ex presidente De la Rúa no engañó a nadie. Su historia política y hasta su administración como jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires lo mostraron siempre como conservador y fiscalista. Nunca fue progresista, siempre estuvo en la vereda de enfrente de los líderes progresistas del radicalismo. Hay que aceptar que se engañaron los que lo votaron. Una alianza que quería ser progresista, que se había formado al calor de la crítica al gobierno de Carlos Menem, no podía tener un candidato conservador. Se equivocaron los radicales progresistas cuando lo votaron en la interna de la Alianza y se equivocaron los frepasistas cuando lo aceptaron como candidato.
Otro descargo para el ex presidente: cuando tomó la presidencia, Menem había dejado tierra arrasada, con recesión, desempleo, baja inversión y escaso crédito internacional. Y además, los once mil millones de déficit fiscal que había dejado Menem se convirtieron en un trauma insuperable para un fiscalista como De la Rúa. Y por la picaresca política de Menem, hasta es posible que lo haya hecho a conciencia, dilapidando fondos públicos durante los últimos años de su gobierno para conseguir la rereelección, preservar su imagen para un próximo período y dejársela bien difícil a su sucesor.
Claro que no todo fue culpa de Menem. El riojano y Domingo Cavallo instalaron un modelo rentista parasitario que sólo sirvió mientras hubo bienes para privatizar y luego con gran endeudamiento, un modelo de corrupción política y sindical, antipopular. De la Rúa no sólo no supo transformar esa situación, sino que se propuso profundizarlo con entusiasmo y convocó a Cavallo para esa tarea. Eso fue responsabilidad exclusiva suya, no tiene descargo con la excusa de la herencia menemista ni con falta de apoyo, porque la gente lo había votado con esa esperanza. Tenía el respaldo de la gran mayoría de los argentinos para hacerlo y lo traicionó, lo defraudó.
Pero a pesar de que siempre estuvo enrolado en el sector del radicalismo que mantuvo buenos vínculos con sectores de las Fuerzas Armadas, De la Rúa tiene una formación republicana. Los dirigentes del Frepaso, y sobre todo Chacho Alvarez, pensaron que, al menos en ese sentido, tendrían un aliado en el combate contra la corrupción. Era un punto en el que podían coincidir, el espacio donde el Frepaso esperaba tener mayor protagonismo. Los dirigentes frepasistas apoyaron a José Luis Machinea como primer ministro de Economía. Daban por sentado que en ese rubro era poco lo que se podía hacer.
La lucha contra la corrupción iba a ser para Chacho Alvarez su caballito de batalla y casi podría decirse que ese fue el eje de la campaña. Cuando se produjo la denuncia sobre sobornos en el Senado, el vicepresidente Alvarez vio la oportunidad de llevar a fondo esa idea, aun cuando tuviera costos para su propia fuerza, ya que uno de los involucrados era el ministro de Trabajo, el frepasista Alberto Flamarique. Pero chocó con la reticencia de su presidente. El otro involucrado era el titular de la SIDE, Fernando de Santibañes, amigo personal de De la Rúa. Su lealtad hacia De Santibáñes fue más fuerte que la que debía a la gente que lo había votado. En los hechos el presidente saliente se desentendió de la lucha contra la corrupción, algo que sí se podría haber esperado que asumiera. Su falta de interés real en el tema también fue una decisión política. Para muchos la principal característica de la administración De la Rúa fue la parálisis. Pero lo cierto es que se movió, y cada vez que lo hizo se trató de corrimientos hacia la derecha neoliberal. Cuando renunció Machinea, optó por López Murphy, que lanzó una propuesta más ortodoxa aún. Pero el conato de alzamiento popular que produjo lo hizo descartar a su correligionario y buscar al padre del modelo. En vez de fortalecer el frente de partidos que lo había llevado al gobierno, apuntalar su relación con los otros sectores del radicalismo, compartir espacios de poder con los frepasistas, optó por enfrentarlos, subordinarlos y buscar alianzas en el cavallismo y luego en el menemismo. Así eligió a un Menem recién liberado entre los gallos y medianoches de una Corte menemista como su principal interlocutor en el peronismo.
En realidad, su gobierno fue de una coherencia conservadora y neoliberal absoluta y de la misma manera políticamente rígido, sin cintura ni visión política estratégica. Y es probable que su principal defecto haya sido su imposibilidad de flexibilizar sus posiciones, de reaccionar ante una realidad que cada vez le decía con más claridad que iba por mal camino. Su estilo fue convocar a que apoyen sus políticas. Nunca puso nada en una mesa de negociación ni compartió espacios de decisión con los que fueron sus aliados en el radicalismo o en el Frepaso y, en todo caso, al único que cedió lugar y superpoderes fue a Cavallo. Y podría decirse que durante dos años esa política le sirvió porque tuvo el apoyo de casi todo el espectro partidario sin tener que conceder una coma.
La demostración más fiel de esa actitud obcecada fue su anteúltimo discurso, el miércoles, cuando comenzaron los saqueos y se anunciaba el descalabro. En vez de anunciar la renuncia de Cavallo y el cambio de medidas económicas o la implementación de un gran plan de emergencia alimentaria, anunció el estado de sitio, la reafirmación de Cavallo y el mantenimiento del modelo. Haya sido cesarismo o incapacidad, lo cierto es que la gente, y entre ella la mayoría de ellos, sus votantes, lo sintió como el último insulto que estaba dispuesta a soportar.

 

Las razones de un fracaso


Ricardo Sidicaro, politólogo: “El modelo había fracasado antes de que la Alianza ganara. De hecho, la Alianza ganó por eso y fracasó porque mantuvo el modelo de Carlos Menem, que era el proyecto económico social de un sector económicamente concentrado y del capital financiero internacional. Y es un proyecto que no puede asegurar la integración social, ni la relación política pacífica, ni la educación, ni el trabajo ni la salud de la población. Quien administrase ese modelo estaba condenado a fracasar políticamente. La pregunta es por qué asumieron ese modelo. La respuesta tentativa es: porque la Alianza no tuvo detrás la suficiente fuerza social y voluntad política como para modificar las relaciones de fuerza con el capital financiero internacional y los sectores socioeconómicos predominantes. Para colocarse frente a esos intereses, De la Rúa hubiese necesitado un aparato estatal eficiente y capaz de aplicar políticas innovadoras y que corrigieran las desigualdades sociales y las tendencias a la concentración económica.
La política se construye siempre sobre la ilusión de cambio y en ese sentido la situación de la sociedad argentina en 1999 reclamaba un cambio y lo encontró en la Alianza. Quizá no se equivocó. Probablemente las decisiones políticas en el interior de la sociedad entre la UCR y el Frepaso desilusionaron, pero no era un imperativo que esto fracasara. Y el 14 de octubre la gran mayoría de la sociedad votó contra el neoliberalismo. En todo caso, éste no es el fracaso de De la Rúa, sino que es el fracaso del modelo y del neoliberalismo”.

Artemio López, consultor: “De la Rúa fracasó porque tomó un modelo económico que a fines de los noventa tenía como única actividad productiva la especulación financiera. No sólo no logró crecimiento económico, sino que además promovió niveles increíbles de exclusión y pobreza. Hay que decir que la Alianza fracasó en los primeros seis meses de gestión porque durante ese tramo inicial del gobierno, que era el de mayor sustento político, se tomaron las medidas más ortodoxas. Puede pensarse que el fracaso de la Alianza dejó al descubierto que en un país como la Argentina no parece sencilla la política de coalición. Porque la suma de opiniones diversas aquí no genera síntesis, sino parálisis. Ahora se viene una crisis enorme con una dificultad muy fuerte.

Alfredo Leuco, periodista: “Menem, Cavallo y De la Rúa son el Triángulo de las Bermudas donde se hundió el futuro de este país. De la Rúa fracasó porque es un negador de la realidad que jamás tuvo el coraje de tomar una sola decisión a favor de la gente. El humor popular definió tragicómicamente que hay un tipo de árbol de Navidad marca De la Rúa: no tiene luces ni bolas. Es el último representante de una casta política hipócrita, mediocre y perversa y termina repudiado en las calles por la propia gente que lo votó en el distrito donde creció políticamente. Con su gestión se podría escribir el manual del pésimo gobernante. No entendió que los pueblos no se suicidan, pero los gobiernos sí”.

Eduardo Rinesi, politólogo: “Quizás sería posible postular que la Alianza fracasó por su obstinación en malentender la naturaleza de la política. Que es la permanente lucha contra la idea de que existen caminos únicos y formas de actuar inscriptas en la naturaleza misma de las cosas. La actividad que conduce siempre a la ampliación de los márgenes de lo posible y de los horizontes de lo dado. La Alianza prefirió llamar “madurez”, “responsabilidad” o “cultura de gobierno” a la culpable renuncia a este atrevimiento. Renuncia que es una de sus más fuertes marcas de origen y que en el discurso y la práctica de Fernando de la Rúa alcanzó dimensiones ciclópeas. Que lo llevaron a desoír las múltiples manifestaciones de una voluntad popular nítida y reiteradamente –en la calle, en las urnas– a sostener hasta el final y a un alto costo lo que todos consideraban ya largamente insostenible y a terminar su mandato de un modo lamentable y vergonzoso, cargando junto con la culpa de su espectacular fracaso la de la inédita y criminal represión de la protesta popular que conocimos ayer y anteayer los argentinos.

 

OPINION
Por James Neilson

Programado para fracasar

Para sobrevivir, y ni hablar de tener éxito, el gobierno de la Alianza hubiera tenido que contar con una situación económica internacional fabulosamente positiva porque, como sus simpatizantes nos proclamaron -cuando aún tenía algunos–, se había comprometido con “el cambio”, palabra que en el léxico político nacional quiere decir prosperidad generalizada. Puesto que ya antes de su llegada los inversores, tanto nativos como extranjeros, habían decidido arriesgar el dinero que manejaban en otro lugar, sólo pudo ofrecer “austeridad” amenizada, se esperaba, por una ofensiva vigorosa contra la corrupción. Pero por distintas razones, algunas buenas, otras miserables, tampoco estaba en condiciones de hacer mucho salvo jorobar a algunos “emblemáticos”. Así las cosas, estaba escrito que andando el tiempo el “gobierno de la Alianza” se vería reducido a un puñado de personas totalmente aislado de los demás que, luego de ser culpados por los muchos problemas del país, serían expulsados con desprecio por una población profundamente decepcionada.
Sin embargo, es más que probable que cualquier otro presidente elegido a fines de 1999 hubiera compartido el mismo destino. En su estado actual, la Argentina es ingobernable porque su “clase política” es incapaz de manejarla. Casi todos sus integrantes quieren ser opositores y casi todos se afirman contrarios al “modelo económico”, pero a la hora de sugerir alternativas concretas sólo atinan a hablar de retoques menores que cambiarían muy poco, lo cual puede entenderse porque en el mundo real cualquier opción, por derechista o izquierdista que fuera, plantea un sinfín de dificultades, mientras que lo que les gusta hacer pensar es que con un par de reformas facilísimas el país se transformaría en un paraíso terrenal.
De la Rúa, acompañado por Domingo Cavallo y, es de suponer, por buena parte de la UCR y el Frepaso también, cayó en la fosa enorme, sin fondo visible, que separa las expectativas mínimas de “la gente” de las posibilidades máximas de la economía, que mal que nos pesare es la única que existe. Cerrar esta fosa es responsabilidad de “los políticos”, a quienes también les incumbe asegurar que las instituciones del Estado funcionen por lo menos tan bien como en cualquier país de Europa. ¿Tienen algún interés en asumir que la Argentina es muy pero muy pobre y que el Estado es una ruina? Desde luego que no. Nunca hablan de tales cosas. A partir de su primer día en la Casa Rosada, pues, el sucesor de De la Rúa se verá sitiado por la misma horda de políticos que, después de hacerle la vida imposible durante dos años, acaba de poner fin a su obra.

 

OPINION
por José Pablo Feinmann

Isabelito

No fue lo mismo. Pero tuvo muchas desdichadas coincidencias. Desde los tiempos de Isabelita Perón, jamás un “entorno” entornó tanto a un Presidente como el entorno de De la Rúa lo hizo con este desangelado Presidente a quien el humor popular bautizó Luis XXXIl, porque era el doble de boludo que Luis XVI. Difícil saber si lo era, pero jamás se lo vio ni inteligente ni dueño de sus actos. Digamos: de la iniciativa de los mismos.
Isabelita lo tuvo a Lastiri a López Rega, a Norma López Rega y a Pedro Eladio Vázquez. Todos los políticos decían que no se podía hablar con ella porque ella no escuchaba, sólo escuchaba a su entorno. Lo mismo Isabelito: sólo escuchó a su entorno.
Cuando se le decía “autista” se le decía algo cierto. Era “autista” porque no se abría hacia la opinión de los demás. Pero no era “autista” con los suyos. De la Rúa ha sido un patético ejemplo de ineptitud y de una extrema inseguridad que buscó su superación desde el marco íntimo del hogar. Con De la Rúa han renunciado De Santibañes, Nosiglia y el inefable “grupo familiar”: Antonito, Aíto y Doña Inés, la de los pesebres.
Sus “asesores de imagen” fueron quienes lo destruyeron. Pero lo hizo él mismo, ya que fue él quien se entregó a los asesores de imagen. Herederos de Juancito Duarte (que, al menos, se pegó un digno tiro en la cabeza) y de los Yoma, los “íntimos” de De la Rúa creyeron que el Poder era para ellos. Y que ellos iban a gobernar a través del “viejo”. Así, en medio del primer ajuste feroz del “viejo”, el joven asesor de imagen Antonito iniciaba su romance con la bailarina umbilical y exitosa cantante de aires exóticos llamada Shakira. A su vez, el otro asesor se embarcaba en un proyecto hipermillonario informático que llamó educar.com. Algo así. Luego todos viajan en comitivas espectaculares prolongando la estética rumbosa del menemismo. Muchos, claro, se les fueron apartando. Vieron que el señor gobernaba con la oreja puesta en un solo lugar: el entorno de sus íntimos. ¿Para qué seguir a su lado? Y así el “viejo” desarmó la Alianza. Algunos creyeron que era un genial Maquiavelo manipulando el destino de sus adversarios en el sentido de la aniquilación. No, el que se aniquilaba era él.
Su estilo oratorio monocorde, su mirada algo ausente, su uso inverosímil de la primera persona intentando exhibir autoridad, lo arrojaron a ese lugar del que no se retorna: el ridículo.
El día del estallido un periodista de TV anuncia: “Antonio De la Rúa está escribiendo el decreto de declaración del estado de sitio y la convocatoria a la unidad nacional”. Isabelito tuvo su Lopecito: se llamó Antonito. A quien llamaron Zulemito, porque le gustaban los romances, los viajes y los paraísos de Miami. Al otro, a Aíto, le gustaba trepar, usar el poder que había caído sobre su padre para llevarse el mundo por delante. Fueron herederos del Junior menemista, sin helicóptero ni final trágico. Ni para eso daban. Como tampoco dio Doña Inés para compararse con Zulema Yoma, suprema delirada, armalíos incansable, mujer incómoda a la que un brigadier con un mini-ejército tuvo que expulsar de la quinta de Olivos. No, Doña Inés hizo pesebres, más pesebres y se compró vestidos en Europa, para los cuales, para poder usarlos, se sometió a dietas que la hicieron padecer: pero fue por la imagen de la patria.
Con Isabelito y su gang termina otro triste Presidente “entornado”. No hay militares en su final. No lo echaron golpistas sanguinarios sino un pueblo que salió a la calle, harto de los interminables dedos en el culo con que el Poder lo ametrallaba e injuriaba. Hay algo nuevo en la Argentina: entre los cacerolazos y la bronca feroz y justa de los más desangelados, los argentinos voltearon un orden de cosas que los hacía sentir mal, demasiado mal, peor que idiotas, francamente boludos. Así, anoche, en plena calle, un tipo sonríe, me mira y dice: “¿Era hora de que dejáramos de ser pelotudos, no?”. Era hora. Y será hora también de otracosa: de que no volvamos a serlo. Porque ya mismo hay muchas nuevas bandas que se están preparando. Y no me refiero a la presidencial. Sino a que la banda presidencial .-en este país– es una banda que pasa de una “banda” a otra “banda”. O sea, la vigilia debe seguir. Que nadie guarde su bronca. Ni sus cacerolas.