FMM
EDUCACIÓN

República Argentina - Buenos Aires - San Nicolás
Educación, política, economía, historia, libros, nuevas tecnologías

Usted está en...

 Buscando a San Martín, por Daniel Orodaz  

Presentación

Inicio
Mi currículum
Editoriales
Mapa de este sitio
Novedades del sitio
Mi portal
Mi bitácora
Mis cátedras
Premios
Bromas de mis alumnos

Secciones

Alumnos
Humor educativo
Informática
Nuevas Tecnologías
Materiales para el aula
Escritos
Biblioteca Digital
Pedagogía
Proyectos
O.N.U.

Historia

Historia
Documentos
Notas
Un paseo por...

Recursos

Notas
Const. América latina
Documentos
Películas y Series
Educación especial
Esq. conceptuales
Frases célebres
Papelería
Presentaciones
Videos

Sistema Educativo

Entrada en la sección
Represent. docente
Leyes de Educación
Informes sobre Educ.
Docum. curriculares
Banco Mundial
Pol. educ. en Argentina
II Cong. Ped. Nacional
Críticas al sistema
Univ., Ciencia y Tec.
Provincia de Bs. As.

Comunicación

Enlaces
Contácteme

HISTORIA

BUSCANDO A SAN MARTÍN

Daniel Orodaz

Recientemente acabamos de llegar con nuestra familia de las vacaciones, o mejor dicho aun, de como dicen Lucía y José Francisco, mis niños: de nuestra búsqueda de San Martín.

Nuevamente, como en anteriores ocasiones, los resultados fueron negativos.

Recuerdo como hace un tiempo dio inicio nuestra búsqueda. Recibimos noticias de fuente fidedigna, las cuales nos decían que una flotilla realista se encontraba remontando el Paraná sembrando el pánico a todas las poblaciones ribereñas. A su encuentro salió el coronel, y nosotros al suyo. Nuestro arribo fue tarde; sus bravos granaderos habían presentado combate al enemigo en las puertas del convento de San Carlos, cercano a la posta de San Lorenzo. A nuestra llegada, los vencedores y su jefe, se encaminaban nuevamente a su cuartel del Retiro.

Tiempo después nos adentramos por las postas del antiguo camino Real, cuya huella aun se conserva al norte de la ciudad de Córdoba. Al llegar a cada una de ellas, el maestro de postas, arto de trabajo, nos decía de mala gana que el general ya había partido. Solamente se había detenido para cambiar caballos, picar un poco de asado frío, tomar dos mates, y partir raudamente, ya que su colega, el noble del general Belgrano, lo aguardaba junto al desmoralizado Ejército del Norte para que éste le prestara auxilio.

En otra ocasión, y luego de mucho averiguar, nos anoticiamos de que se encontraba en una estanzuela de Saldán, en las serranías cordobesas; lugar que había elegido sigilosamente para reponerse de su malograda salud. Pese a la premura, nuestro arribo fue a destiempo. Lo que fue una estadía de reposo, solo se había convertido en el pretexto para formular su grandioso plan andino.

Al igual que él, nos encaminamos para Cuyo.

Nuestro auto se encontraba en malas condiciones para realizar el viaje, lo cual no nos dejó otra salida que hacerlo en micro, y de “dos pisos”, para alegría de los niños.

Al llegar a Mendoza, y luego de realizar el check in en el hotel, nos dirigimos en un colectivo local hacia un paraje llamado El Plumerillo, distante unos pocos kilómetros al norte de la ciudad. Todos en ella sabían que ese lugar era el campamento en donde el general entrenaba a sus hombres. Al ir acercándonos a destino nos sorprendió no escuchar desde lejos el golpe del acero de las espadas simulando la lucha, el toque de algún clarín llamando a formación, el trueno de una carga de caballería, y ni que hablar del estruendo de algún cañón del fraile Beltrán.

Todo estaba desierto; solo estaban en pie tres ranchos, de los cientos que tenía el campamento. La marcha había dado comienzo. El plan supremo estaba consumándose. Como diría otro famoso general “la suerte estaba echada”. Más de cinco mil almas habían iniciado el ascenso del coloso de los Andes para pasar a Chile y darle una lección al petulante de Marcó del Pont.

Raudamente volvimos a la ciudad, para ver si encontrábamos algún baquiano que nos llavara hasta algún paso cordillerano. Baquiano no encontramos, pero si una empresa de excursiones que en una combi nos trasladó, junto a otros turistas, hasta la alta montaña.

Nuestra estrella continuaba jugándonos una mala pasada. Al tiempo de comenzar el ascenso por la zigzagueante carretera, nuestro chofer se vio obligado a desistir de continuar la marcha, pues una amenazante tormenta se asomaba por detrás de los picos nevados.

Luego nos enteramos por el libro Anécdotas Sanmartinianas, de Horacio Canetti, (Ediciones la Ilustración, 1950) que la fuerte tormenta de granizo sorprendió al general, el cual se había recostado por un momento sobre el suelo, utilizando una piedra como almohada. Ni bien paso el vendaval, mando a tocar el Himno Nacional, que por primera vez susurro por entre las quebradas de las eternas montañas.

Este año la historia nos llevó a otro destino, Corrientes.

En un pequeño poblado, nacido de la labor de los padres jesuitas, vio la luz un 25 de febrero de 1778, José Francisco de San Martín.

Difícil es para mí adentrarme en el pensamiento de mis hijos. ¿Como será esto de ir a buscar ahora a un San Martín niño?

Al llegar quedamos maravillados por el entorno; pero muy pronto descubrimos nuevamente la frustración. Lugareños nos dijeron que los San Martín se habían marchado ya hacía bastante tiempo, llevándose consigo a sus cinco hijos, incluso al pequeño José Francisco de tan solo tres años.

Solo encontramos los restos de lo que en otrora fue su casa, destruida por la invasión bárbara de los ejércitos lusitanos en 1817.

Ni siquiera pudimos dar con Rosa Guarú, su niñera, de quien se dice siempre lo espero, hasta finalmente morir a los 112 años, en 1880.

La tradición, tan arraigada en estos pueblos, dice que solía deambular por las calles del pueblito, hasta posarse bajo un añoso higuerón, debajo de cuyas sombras solía cuidar al pequeño, siempre susurrando esta bella canción:

“Kunumí (niño o bebé) querido, lindo Kunumí,
Duerme que a tu lado vela Tupá (la Virgen)
Fruto de otra sangre, tu serás un día,
Sol de la bandera de la raza mía.”

Luego, ya anciana, la guaraní, comprendió que todo sucedió según la profecía. El niño debía marchar, pues de esta manera lo marcaba su cuna, Yapeyú, que en su idioma significa “el fruto llegado a tiempo”.

Ahora nuevos destinos nos aguardan. Desconozco hasta cuando durará esta búsqueda. Tal vez finalice cuando nuestros niños terminen por comprender el significado de la muerte o quizás cuando descubran que toda salida a su encuentro era en vano, pues San Martín siempre estuvo en nuestro hogar, en Mendiolaza, en los libros que poseemos que hablan de él, y sobre todo en las virtudes sanmartinianas que con Fernanda, mi esposa, hemos tratado de enseñarles.

Daniel Orodaz
D.N.I 24089928
Araucaria 155
Mendiolaza
Córdoba