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 Combate de San Lorenzo, por Daniel Orodaz  

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COMBATE DE SAN LORENZO

Su elección fue por de más minuciosa, y ni que hablar de su entrenamiento si fueron adiestrados personalmente por su jefe, quien al toque de la diana se presentaba en el cuartel y presidía todos los ejercicios doctrinales.

Cuidaba y quería mucho a sus soldados, a quien conocía uno por uno, y los consideraba en razón de su comportamiento y disciplina, y su aseo, asunto al que daba muchísima importancia.

Aprendían el manejo de la tercerola, la lanza y el sable (ataque y defensa), que él mismo enseñaba en persona, explicando con paciencia y claridad los movimientos, sus actitudes, su teoría y sus efectos.

Dice Mitre: “El primer escuadrón de Granaderos a caballo fue la escuela en que se educó una generación de héroes…..Bajo una disciplina austera que no anonadaba la energía individual, y más bien la retemplaba, formó San Martín soldado por soldado, oficial por oficial, apasionándolos por el deber, y le inoculó ese fanatismo frió del coraje que se considera invencible, y es el secreto de vencer. Los medios sencillos y originales de que se valió para alcanzar este resultado muestran que sabía gobernar con igual pulso y maestría espada y voluntades.

A fines de 1812 se recibieron noticias de Montevideo, de que una escuadrilla con 400 hombres de desembarco había dado a la vela remontando el Paraná.

El gobierno de Buenos Aires dio orden al coronel San Martín para que con sus Granaderos a caballo, siguiera los movimientos de la escuadra y protegiese los pueblos y ganados situados a la derecha de este río. Había llegado el momento de poner a prueba las lecciones aprendidas.

Los Granaderos a caballo partieron del cuartel del Retiro la noche del 28 de enero en un número de 140 hombres.

Viajaron esa noche y las noches subsiguientes, tanto para evitar los calores de la estación como cuanto para que la polvareda levantada por la marcha no advirtiera su presencia alas naves relistas.

El escuadrón se desplazaba velozmente, aprovechando que la falta de viento impedía el progreso de la escuadrilla española, que en la noche del 31 de enero echó anclas frente al convento franciscano de San Carlos, situado entre Rosario y la posta de San Lorenzo.

El mismo comandante disfrazado de paisano se adelanto acompañado por otro oficial, para observar personalmente a los buques realistas fondeados frente al convento.

Esa misma noche, un prisionero paraguayo, José Félix Bogado, logró fugar de las naves y ayudado con unos maderos llegó hasta la costa e informó al jefe patriota que las fuerzas de la expedición no pasaban de 350 hombres.
Luego, San Martín esperó a sus Granaderos quienes arribaron al convento a las diez de la noche del 2 de febrero, conducidos por el capitán Justo Germán Bermúdez.

Los jinetes penetraron sigilosamente por los fondos del edificio. Su arribo no impidió de ninguna manera que se interrumpiera el silencio conventual. Los escuadrones echaron pie a tierra en el gran patio del convento, manteniéndose con las bridas de sus caballos en las manos, prohibiendo el coronel que se encendiera fuego ni se hablara en voz alta, mientras él subía con algunos oficiales a la espadaña o campanil , para ver con su anteojo de noche a las fuerzas enemigas.

A las cinco de la mañana del 3 febrero subió San Martín por segunda vez a la espadaña y observó el desembarco de las tropas realistas.

La ilustración que hace la gloriosa marcha es por de más descriptiva; Febo comenzaba a asomar haciendo relucir como bronce al Paraná, mientras el enemigo, en número de 250 infantes formados en dos columnas, luego de trepar las escarpas barrancas, avanzaba a paso redoblado, portando dos piezas de artillería, con sus banderas desplegadas al son de pífaros y tambores.

San Martín bajó presuroso de los techos. Abajo lo aguardaban listos sus muchachos. La tensión era insostenible; los baguales percibían el cercano momento. La carga era un hecho.

El jefe montó su bayo de cola cortada al corvejón y dijo “en dos minutos estaremos sobre ellos”. Seguidamente desenvainó su corvo y arengó a sus 120 soldados, a los que prohibió que disparasen un solo tiro, recomendándoles que únicamente se fiaran del empuje de sus lanzas, los de la primera fila, y del reluciente acero de sus sables afilados los demás.

Dividió su fuerza en dos fracciones; el mando de la mitad fue encargada al capitán Bermúdez, para que saliendo por la derecha, atacase el flanco izquierdo del enemigo, reservándose para sí mismo el de la izquierda que atacaría de frente. “En el centro de las columnas enemigas nos encontraremos y allí daré a usted mis órdenes”.

El clarín sonó al ataque, y los Granaderos a caballo iniciaron la carga.

Ellos tenían bien presente lo que les había enseñado su comandante: “una vez soportada la primera descarga (de fuego), el peligro habría pasado y la ventaja estaría entonces de su parte”.

Lamentablemente la carga no pudo ser simultánea por la menor distancia que tenía que recorrer la compañía que conducida por San Martín atacó frontalmente a los realistas, y fue la que más estragos sufrió, siendo su conductor el que asumió la posición de máximo riesgo físico. Por ello, apenas iniciado el combate recibieron al llegar una nutrida descarga de fusilería. Un tiro de metralla hirió mortalmente al caballo de San Martín. Al recibir el impacto el animal se encabritó y luego cayó a tierra, donde quedó inmóvil apretando con su cuerpo una pierna del jinete e impidiendo a éste zafarse de tan peligrosa situación. Pronto se formó un foco de lucha en torno del lugar en que cayera San Martín, que dificultosamente intentaba defenderse desde el suelo. No por ello pudo evitar que un infante realista le produjera un golpe de arma blanca en su mejilla izquierda, cuya cicatriz no se borró nunca.

En esas circunstancias, otro soldado enemigo se precipitó sobre el jefe caído, dispuesto a atravesarlo con su bayoneta, pero el granadero Baigorria advirtió el peligro que corría su coronel y veloz como el rayo lanzó su caballo sobre el agresor tendiéndolo sin vida. Entretanto el granadero Juan Bautista Cabral desmontó y tomando a su jefe por debajo de los brazos lo libró de su incómoda posición. Este gesto costó la vida al valiente granadero, quien minutos más tarde, expiró exclamando en guaraní: “muero contento, hemos batido al enemigo”.

En estos momentos acababa de llegar al centro de las filas enemigas en demanda de nuevas órdenes, el capitán Bermúdez, quien al ver a su jefe caído e imposibilitado de actuar, tomó el mando de toda la fuerza patriota y se lanzó a la carga por segunda vez.

El choque de la caballería cundió tanto pánico en los infantes realistas que despavoridos corrieron hacia la costa, arrojándose desesperadamente muchos de ellos por la barranca. Mientras desde el río, las naves comenzaban a abrir fuego con su artillería tratando de proteger la retirada de sus hombres, siendo el mismo Bermúdez alcanzado por un tiro que le deshizo la rótula.

Es precisamente durante esta nueva carga en que el joven teniente Manuel Díaz Vélez, arrebatado por su entusiasmo y el ímpetu de su caballo, se despeñó de la barranca, recibiendo en su caída un balazo que le rozó el cráneo y dos bayonetazos en el pecho, para luego ser conducido como único prisionero.

El coronel San Martín, liberado de su posición comprometida, montando en otro caballo que le han acercado, reasume el mando en jefe y conduce a sus tropas en los momentos finales de una tarea de persecución y limpieza. Mientras, las tropas realistas se embarcan nuevamente protegidas por el fuego de los cañones de a bordo.

Las pérdidas patriotas fueron de 27 heridos y 14 muertos, a los que hay que agregar al capitán Bermúdez que falleció el 14 de enero, y al teniente Díaz Vélez, muerto tiempo después a consecuencia de las heridas recibidas en el combate.

Por otra parte, las bajas realistas ascendieron a 40 muertos y 14 prisioneros, de ellos 12 heridos, sin incluir los que se desplomaron y llevaron consigo.

Además abandonaron en el campo de batalla 2 cañones, 40 fusiles, 4 bayonetas y una bandera.

Tal fue el desarrollo de la acción de San Lorenzo, bautismo de fuego de los Granaderos a caballo, cuya valentía y coraje quedó demostrado a lo largo de todo el suelo Sudamericano, desde el Paraná, Chacabuco, Maipú, Junín y finalmente Ayacucho, que puso punto final a la dominación española.

Concluida la contienda, el ya reducido escuadrón solicitó permiso para regresar a su país de origen. Su número apenas pasaba de cien hombres, nueve de los cuales integraban el plantel fundador; siendo de estos veteranos, el granadero Lorenzo Ñapurey y el trompa Miguel Chepoyá, guaraníes, sobrevivientes de los trescientos que el comandante solicitó que trajeran desde su Corrientes natal en los momentos de formarse el regimiento. Los restantes habían vuelto por separado, o se habían aquerenciado en algún paraje de la América, o simplemente habían dejado sus huesos esparcidos en los campos de batalla.

El Regimiento arribó a Buenos Aires el 13 de enero de 1826, cerrando el ciclo iniciado el mismo mes de trece años atrás con el combate de San Lorenzo.

Todos eran conducidos por José Félix Bogado, el lanchero paraguayo fugado de las naves realistas antes del combate, quien impresionado con el jefe patriota, se incorporó de inmediato a los Granaderos; acompañó luego a su jefe en las campañas de Chile y Perú; prosiguió sus servicios a las órdenes de Bolívar; y volvió al Plata, trayendo la bandera del regimiento después de trece años de fatigas por la libertad.

Aquel modesto soldado, ya ascendido a coronel, volvió casi desnudo y con la bandera convertida en andrajos.

Las armas que traían consigo fueron depositadas en el Retiro y se las guardó en una caja de cedro con la inscripción en bronce que decía: “Armas de los Libertadores de Chile, Perú y Colombia”.

Todo había comenzado en San Lorenzo.

Daniel Orodaz

Fuentes:

  • Historia de San Martín y la emancipación Sudamericana. Mitre, Bartolomé., Ateneo, 1950.
  • San Martín, la fuerza de la misión y la soledad de la gloria. Pasquali, Patricia. Planeta, 2000.
  • Las campañas libertadoras del General San Martín. Ornstein, Leopoldo. Agepe 1958.
  • El Santo de la espada. Rojas, Ricardo. Corregidor, 1997.
  • Combate de San Lorenzo. Fray Herminio Gaitán. Museo del Convento de San Carlos, 1999.
  • Historia de Los Granaderos a Caballo. Ruiz Moreno, Isidoro; Landaburu, Federico; Saravia, Aníbal. Ed. Independencia Argentina.

Nota del editor: Las imágenes de ilustración corresponden a la película "El Santo de la Espada"