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 Desacuerdos y Acuerdos, Ayer y Hoy, de Martín Maglio  

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DESACUERDOS Y ACUERDOS, AYER Y HOY

 

Federico Martín Maglio

Mayo de 2002

 

            En el saber popular existe una afirmación contundente: “Los pueblos que olvidan su historia, están condenados a repetirla”. Es que la Historia vive en el presente porque lo ha moldeado, lo ha causado y sólo aprendiendo sus lecciones una nación puede recorrer el camino del progreso sin cometer los errores del pasado y doblando esfuerzos en sus aciertos. El Acuerdo de la Ciudad de San Nicolás firmado en 1852 nos debe llamar a la reflexión en los momentos tan tristes del presente argentino.

            Cuando se da a conocer el Acuerdo, la provincia de Buenos Aires no acepta lo firmado y se separa del resto de la Confederación Argentina. Los puntos que molestaban a esta provincia fueron: 1) Urquiza será designado Director Provisorio de la Confederación Argentina (artículo 18). 2) Las provincias entregarán el mando de sus fuerzas militares en Urquiza, quién será el General en Jefe de los Ejércitos de la Confederación (artículo 15). 3) Se reunirá un Congreso Constituyente en la ciudad de Santa Fe con el fin de hacer una Constitución Nacional (artículo 11). 4) Irán al Congreso Constituyente dos diputados por provincia (artículo 5). 5) Para sufragar los gastos de la administración del gobierno nacional que se acababa de constituir, las provincias aportarán un porcentaje de lo recaudado por sus aduanas exteriores (artículo 19).

            Buenos Aires no estaba dispuesta a mantener con su aduana (la que más recaudaba) a un gobierno dirigido por un caudillo del interior y mucho menos le entregaría su ejército ni convalidaría un Congreso Constituyente que no podría controlar para imponer sus ideas. La cuestión a plantear aquí sería ¿por qué se llega a esta situación y qué podemos aprender de la misma?

            Cuando Juan Manuel de Rosas fue designado gobernador de Buenos Aires en 1829, se tenía la necesidad de ordenar un Estado en crisis y anarquizado y vieron en su figura al hombre capaz de restaurar las instituciones y consolidar la unidad nacional, que logró con el Pacto Federal de 1831.

            Al caer Rosas, hacía casi 30 años que se había obtenido el único empréstito importante; la inversión extranjera estaba limitada sólo al comercio y las finanzas y hacía tiempo que permanecía estancada; la inmigración era reducida y la producción estaba estancada en cuanto a su crecimiento y desarrollo. Su derrota en la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852, significó la caída de su régimen y el fin de un sistema en el que el poder de la provincia de Buenos Aires dirigió a las demás.

            Urquiza, vencedor de Rosas, tenía un problema que debía resolver urgentemente: ¿cómo construir un nuevo sistema de poder organizando un Estado a partir de las provincias? ¿Cómo lograr articular los intereses de los sectores dominantes del interior al circuito económico que tenía por eje el puerto de Buenos Aires?

            El sistema anterior a Caseros se basaba en el monopolio porteño sobre los recursos de la aduana (cobro de impuestos a la importación y exportación) y el control de los ríos Paraná y Uruguay debido a la envidiable posición de la que gozaba el puerto de Buenos Aires. Este puerto, durante la época del virreinato, cobraba impuestos con los que solventaba los gastos de la burocracia interior (las Intendencias) y la mayor parte era destinada al rey de España. Luego de 1820, la provincia de Buenos Aires se apropió de los recursos portuarios que Urquiza quería recuperar para costear los gastos del nuevo gobierno nacional; pero los dirigentes de Buenos Aires no estaban dispuestos a cederlos a los caudillos del interior.

            La discusión sobre cómo hacerse de recursos legítimos y su posterior distribución entre la política nacional y las provinciales tiene su correlato en el actual enfrentamiento por la coparticipación federal de impuestos que moviliza a diversos sectores que representan intereses encontrados. Entre los mismos, merece especial atención los extranjeros.

            Por aquellos días de 1852, Brasil apoyó a Urquiza con dinero, armas y su propio ejército porque su geopolítica necesitaba la libre navegación de los ríos para beneficiar a los productores del sur de su país. Hoy en día, Brasil está muy preocupado por la crisis argentina ya que su principal arma de resistencia al ALCA que quiere imponer Estados Unidos es el MERCOSUR, y sólo una buena complementación económica con nuestro país podría construir un polo de poder significativo al respecto que ponga freno a las apetencias de la potencia del norte.

            Urquiza, consciente de que no podría contar con las rentas de la aduana porteña, contrata el empréstito Buschentahal por 225.000 pesos a un interés del 16 % anual; como garantía, hipotecó tierras de propiedad de la Confederación. Hoy, nuestro gobierno lucha denodadamente por hacerse de recursos del FMI cuyos aliados en el poder internacional están presionando para la entrega de los derechos argentinos sobre la Antártida, los recursos naturales y tierras fiscales; hasta se habla de dividir al país en regiones, paso inicial para desmembrar en territorio nacional en varias “republiquetas”.

            Ambas épocas tienen algo en común: La ausencia de un proyecto de desarrollo económico que produzca legítimos recursos para la administración pública y la política social y cultural.

            La necesidad de imponer el control del Estado por medio de instituciones públicas con legitimidad para conseguir recursos de la sociedad civil, ha tropezado en 1852 con intereses muy fuertes y sólo cuando los mismos se hicieron del poder político se pudo construir. La aduana fue nacionalizada en 1862, luego que Mitre (de Buenos Aires) asumiera la presidencia de un país ya unido.

            En nuestra historia pesa la tradición caudillezca de depender siempre de una figura pública que resolviera los problemas de todos los habitantes. La misma se hizo presente una y otra vez sin dejar que el pueblo avance en el entendimiento de los asuntos del ejercicio del poder. En 1852, los caudillos provinciales construyeron un Acuerdo que no afectase la autonomía de las provincias ni la estabilidad política de los poderes constituidos en cada una de ellas; Buenos Aires sí se vio afectada y se separó. La sangre de Cepeda y Pavón dan cuenta del alto costo de la definitiva unidad.

            El presente nos encuentra con una serie de pactos y acuerdos de diversas partes pero sin llegar a englobar a todas en un Proyecto Nacional. Los intereses sectarios y personales son más fuertes que la idea de fundar una segunda república y la reacción del pueblo en las calles es la manifestación viva del divorcio existente entre la vieja política dirigida por caudillos y la nueva política que lucha por nacer. La nación argentina debe dar el paso adelante, debe aprender del pasado. Los próceres de ayer abrieron camino y un pueblo maduro debe seguir trazándolo sin ser llevado de la mano, sobre todo, cuando la otra está atada a los designios de intereses foráneos contrarios al interés nacional.

            Queda sólo preguntarnos si la caída de De la Rúa y Rodríguez Saá más la crisis actual del gobierno de Duhalde significan el fin del sistema caudillezco. Los acontecimientos nos dirán cuál es el nuevo sistema de poder que emergerá y si el mismo significará un aprendizaje para que la República Argentina pase a la etapa adulta o si seguirá en lo que María Elena Walsh un día llamó “país jardín de infantes”. Cualquiera sea la respuesta, igualmente seguiremos en la disyuntiva de aprender o no las lecciones del pasado. Por ello es que viene bien recordar el histórico Acuerdo de San Nicolás que en su séptimo articulo reza: “Es necesario que los Diputados estén penetrados de sentimientos puramente nacionales, para que las preocupaciones de localidad no embaracen la grande obra que se emprende: que estén persuadidos que el bien de los Pueblos no se ha de conseguir por exigencias encontradas y parciales, sino por la consolidación de un régimen nacional, regular y justo: que estimen la calidad de ciudadanos argentinos, antes que la de provincianos. Y para que esto se consiga, los infrascriptos usarán de todos sus medios para infundir y recomendar estos principios y emplearán toda su influencia legítima, a fin de que los ciudadanos elijan a los hombres de más probidad y de un patriotismo más puro e inteligente”.