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 La Niña y el General, por Daniel Orodaz  

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HISTORIA

LA NIÑA Y EL GENERAL

Daniel Orodaz

El reencuentro estuvo muy distante de ser cordial. Habían pasado cinco años de la despedida en Mendoza en octubre de 1818. Él regresaba a la ciudad del Plata desde el Perú, profundamente abatido, previo haber cruzado la cordillera por octava vez. Traía únicamente consigo el Tintero de la Inquisición y el Estandarte de Pizarro, símbolo de la opresión de los pueblos que había liberado.
Ella, huérfana de madre recientemente, contaba apenas siete años.

La edificación de su carácter poseía como fundación el excesivo consentimiento de su abuela materna, que al decir del General la había resabiado en términos que era un diablotín.

¿Quién era este hombre de aspecto severo y marcial que se presentaba después de cinco años a reclamarla como su hija?, pretendiendo extirparla de la costilla condescendiente de Doña Tomasa.
Para él tampoco hubo de ser fácil. El clima a su llegada se le presentaba hostil. Buenos Aires aún no le perdonaba su desobediencia de no repasar los Andes con su ejército y acabar con la rebeldía caudillista. Pero su sable “nunca se desenvainaría en una lucha fratricida”.

La decisión ya estaba tomada. Ambos pasarían a Europa, en donde el General emprendería la que fue su segunda misión, y la que es propia e inherente a todo hombre de bien, la educación de su hija.

El 10 de febrero de 1824 se embarcaron en el navío Le Bayonnais, rumbo a Francia.

Después de setenta y dos penosos días de viaje, en que la niña debió permanecer encerrada en su camarote debido a su negativa de acatar la voluntad paterna, los viajeros arribaron al puerto de El Havre.

Prontamente la policía borbónica requisó en dos oportunidades su equipaje, en donde encontró que sus papeles estaban impregnados de un republicanismo exaltado, por lo cual los invitaron a abordar nuevamente con la prohibición de no desembarcar en ningún otro puerto francés.

Los viajeros partieron con premura hacia Southampton.

Luego de permanecer unos meses en Inglaterra el General, tomó la decisión de buscar un lugar para radicarse y de ésta manera completar la educación de “ la niña”, eligiendo finalmente la ciudad de Bruselas, debido a “lo barato y a la libertad que se disfruta en el país”.

A finales de 1825 fija su residencia en las afueras de la ciudad y se da a la tarea de buscar con mucha cautela el instituto en el que colocará como alumna a su hija. El elegido fue un internado que regenteaba una dama inglesa, y en él dejó a su hija como pupila.

Desde entonces el padre puntualmente la visitaba todos los sábados por la tarde y salían de paseo los domingos, siempre y cuando la niña no tuviese ninguna amonestación por parte de la directora; siendo así le decía: “Hoy no te besaré, hija mía, mañana no vendré a sacarte”, y tomando su sombrero y su bastón se marchaba inflexible ante su decisión.

Tan infinito fue el amor que profesó la hija hacia su padre, y tan buscado el premio de sus besos, que muy pocas veces quedó sin recibirlos, pues para atesorarlos, conservó siempre la más ejemplar conducta y aplicación.

Paulatinamente, la educación de Mercedes daba sus valiosos frutos. Con mucho orgullo el General le escribía a su amigo Tomás Guido : “El inglés y el francés le son tan familiares como su propio idioma y su adelanto en el dibujo y la música son sorprendentes. Usted me dirá que un padre es un juez muy parcial para dar su opinión; sin embargo, mis observaciones son hechas con todo el desprendimiento de un extraño, porque conozco que de un juicio equivocado pende el mal éxito de su educación”.

No obstante su empeño en una muy lograda instrucción, el General no sólo se contentó en convertirla en una verdadera dama, sino además en una matrona castiza, útil y práctica para el hogar, por lo cual siempre al despedirse de la directora le pedía que “ le enseñara a zurcir medias”.

El padre no dejó toda la formación de la criatura a los establecimientos educativos, sino que él mismo se dedicó con mucha ternura a la formación de su conciencia moral.

Para ello, redactó “ las máximas para la niña”: Humanizar el carácter y hacerlo sensible; inspirarla amor a la verdad y odio a la mentira; inspirarla gran confianza y amistad, pero uniendo el respeto; ser caritativo con los pobres; respeto sobre la propiedad ajena; acostumbrarla a guardar un secreto; ser tolerante con todas las religiones; dulzura con los criados, pobres y viejos; que hable poco y lo preciso; guardar la formalidad en la mesa; amor al aseo y desprecio al lujo; amar la patria y la libertad.

Hacia 1830, Mercedes paso a vivir con su padre, y ambos fijan su residencia a las afueras de París.

Sin embargo, el destino se empecinaba nuevamente a separarlos, ésta vez con la complicidad del cólera morbus. Primero cayó terriblemente atacada su hija, y a los tres días él. Ambos hubieran perecido sino hubiera sido por la oportuna llegada de un buen samaritano, Mariano Balcarse, vástago del compañero de armas del General, que como tantos otros como él, realizaban la peregrinación hacia la meca del hogar sanmartiniano, a conocer al capitán de los Andes.

El joven Balcarse ofició de mucamo y enfermero. Afortunadamente Mercedes se repuso al mes, no tendiendo la misma suerte su padre, cuya convalecencia lo tuvo al borde del sepulcro, lográndose recuperar después de siete meses de inexplicables padecimientos.

Luego los jóvenes se enamoraron, lo cual fue visto con buenos ojos por el padre protector, quien escribirías a su futura consuegra: “La educación que Mercedes ha recibido bajo mi vista, no ha tenido por objeto formar en ella lo que se llama una dama de gran tono, pero sí el de ser una tierna madre y buena esposa. Con esta base y las que recomendaciones que adornan a su hijo de Usted, podemos prometernos el que éstos jóvenes sean felices que es a lo que aspiro.

El 13 de diciembre de 1832 se realizó la unión entre Mercedes de San Martín y Mariano Balcarse.

Con el tiempo, el matrimonio dio dos nievecitas, las que se convirtieron en la sombra inseparable del abuelo, pues no había lugar donde él fuera sin que ellas lo acompañaran.

Fue la dulzura y el cariño de estas dos criaturas las que hicieron soportable el trago amargo del ostracismo.

Es sorprendente como ese cuerpo, aún sudoroso de pólvora, ese carácter duro y severo, habían mutado de tal manera convirtiéndose en objetos maleables que servían de complicidad en cualquier travesura que las pícaras maquinaban.

Tal era la licencia que gozaban que el propio abuelo les permitía jugar con la mismísima medalla que tiempo atrás le había arrebatado a Napoleón en Bailén.

Los años pasaron y con ellos llegaron los achaques de la vejez; esa hermosa cabeza de cabellos negros se tornó cana; su mirada vivaz e inquieta tantas veces descripta por sus contemporáneos, comenzó a apagarse. Sin embargo, el jeronte, siempre conservó plena hasta el final, el pleno uso de sus facultades mentales.

Nuevamente, como tantas otras veces, se presentaba la parca. Esta vez el guerrero la esperaba en paz y tranquilidad. Dichosos dones que solo son otorgados a los hombres justos.

Ese 17 de agosto el patriarca se levantó de buen ánimo, por lo que pidió pasar a la habitación de su hija a que ésta, como era habitual, le leyera el diario; sin embargo después de las dos de la tarde comenzó el terrible malestar y dijo a su hijo: “ Mariano, a mi habitación”.

Sabía que la muerte estaba llegando al puerto y tal vez por eso no quiso dejar a su hija la angustia de despedirse en su cuarto.

Después de una corta agonía el corazón se detuvo a las tres de la tarde; casualmente, a ese mismo horario, también lo hicieron el reloj de la sala y el de su propio bolsillo.

El cuerpo yacía sobre el lecho, rígido, gélido, tan terrenal. El alma y la memoria comenzaban su entrada hacia la inmortalidad de la gloria.

Daniel Orodaz