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 Una Agenda para el Tercer Milenio  

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EL DESARROLLO DE AMERICA LATINA: UNA AGENDA PARA EL TERCER MILENIO,
TEGUCIGALPA, HONDURAS
junio 29 a julio 2 de 1998

EL DESARROLLO HUMANO SOSTENIBLE UNA AGENDA PARA EL TERCER MILENIO

Convocados por el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) y con el auspicio del Centro Interdisciplinario de Estudios para el Desarrollo (CIEDLA), de la Fundación Konrad Adenauer - contando con la hospitalidad del Consejo Nacional de desarrollo Sostenible (CONADES), del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE) y de la Iglesia y la sociedad civil hondureña - entre el 30 de junio y el 2 de julio nos hemos reunido en Tegucigalpa, un grupo de Obispos, Cientistas políticos, Economistas, Profesores universitarios y otras personas e Instituciones interesadas en la promoción del Desarrollo humano sustentable en América Latina y el Caribe. Especialmente invitados a este Encuentro han sido algunos personeros del Banco Mundial, del BID y el FMI con quienes el CELAM ha establecido un diálogo de alto nivel.

Al culminar nuestras reflexiones ofrecemos nuestras Conclusiones que, esta vez, quieren presentarse como una Carta de Intenciones, es decir, como lo que quisiéramos hacer y contribuir a realizar en favor de nuestros pueblos.

I. El dolor en el horizonte de la esperanza

1. El desarrollo humano sostenible de América Latina y el Caribe es una tarea que no admite dilaciones. Una Región rica en culturas y pueblos, tan dotada por el Creador en bienes materiales y en un sentido cristiano de la vida, no debe seguir padeciendo los estragos de la pobreza que condena a más de la mitad de sus habitantes a subsistir en condiciones inhumanas. La injusticia, la violencia, la corrupción, el narcotráfico no hacen sino empeorar la calidad de vida de las grandes mayorías. A estos factores internos se suma el peso que impone el pago de la deuda externa en muchos pueblos, como es el caso del país que nos hospeda.

2. Es positivo que la democracia impere en la gran mayoría de nuestros países regidos por gobiernos constitucionales, libremente elegidos. Sin embargo, no es menos cierto que ésta será muy débil mientras no se afiancen las instituciones y los hábitos democráticos, y mientras subsistan poderes fácticos - económicos, financieros, militares - así como los males referidos en el número anterior. Se requiere también contar con un proyecto de nación, como propósito inspirador, y la reconciliación entre la ética y el ejercicio cotidiano de la política.

Es positivo también que haya un esfuerzo, principalmente económico, por derrotar la pobreza. Este ha contribuido a ordenar el gasto público y a fomentar la inversión privada. Sin embargo, también ha quedado de manifiesto que mientras no haya un Estado racional y eficiente, preocupado por el Bien Común, dispuesto a invertir decididamente en mejorar la calidad de vida de su gente, fomentando la educación, el trabajo, el empleo, la seguridad, la justicia, la salud, la vivienda, la ecología, y preocupado por el desarrollo de la familia y de la sociedad civil, el mero progreso económico no será capaz de responder a las necesidades de un desarrollo plenamente humano e integral.

3. La Iglesia, interesada en que cada persona y cada pueblo "pase de condiciones menos humanas a condiciones más humanas" (S.S. Paulo VI) no puede ni quiere estar ausente de este desafío que la conmueve en lo más hondo de su ser. El reciente martirio en Guatemala del obispo Juan Gerardi Conedera, que se suma a la ofrenda de la vida de tantos hermanos y hermanas en la fe, confirma fehacientemente estas palabras.

4. Sin embargo, por dramáticas que aun sean las realidades imperantes para la gran mayoría de los pueblos, los cristianos no desesperamos ni perdemos el ánimo. Mientras más grande el desafío, mayor será nuestro empeño en contribuir a superar las circunstancias adversas. Creemos profundamente en nuestra gente así como en la acción del Espíritu de Jesús y en la fuerza de su Resurrección. Estamos ciertos que la llama de la verdad, de la justicia, del amor, de la libertad no se apagará en la vida de tantas personas que sueñan y trabajan por un Continente verdaderamente fraterno donde todos y todas tengan el lugar debido.

II. Un futuro para todos

5. El horizonte del Tercer Milenio estimula en nosotros la urgencia y la esperanza. Es fascinante ser testigos de la globalización, de la búsqueda de sentido, del avance tecnológico, de las crecientes posibilidades de comunicación e integración entre personas y pueblos. Pero, como toda realidad humana, esta fascinación no está exenta de aprehensiones. Por eso, en medio de estas megatendencias esperanzadoras, nos preguntamos por los grandes megausentes: los pobres, los excluidos, las poblaciones nativas, los discapacitados. En este Continente pródigo en riquezas, en espacio físico, ¿seremos capaces de crear espacio humano para todos?. ¿Cómo no va a ser posible que el alba esperanzadora del Tercer Milenio no integre también a todos los excluidos? ¿Por qué un amanecer para algunos y un ocaso para otros?

6. Dividir la historia entre buenos y malos, generosos y egoístas, sensibles e insensibles, es algo simplista e inconducente. Preferimos apelar al sentido de responsabilidad y de solidaridad de cada uno para dejar de lado toda indiferencia y ponernos al servicio del Bien Común.

Se requiere fundar una sociedad solidaria que potencie lo mucho que ya se hace en favor de los demás. Se requiere voluntad política para generar los cambios necesarios y abrir efectivamente a todos la justicia, la educación, la vivienda, el trabajo. Se requiere creatividad para producir más y mejor. Se requiere superar el afán obsesivo de poseer, que potencia el consumismo, y creer sinceramente que la austeridad es una puerta de entrada a una vida más feliz. Esto implica compartir en vez de acumular, crear conciencia que la calidad de vida no se confunde con un título de dominio, y promover con todas nuestras fuerzas la solidaridad que vence el aislamiento y la soledad.

III. Algunas prioridades para la acción

Para emprender esta tarea, constatamos que hay campos de acción que nos unen como ciudadanos del mismo Continente, más allá de nuestras legítimas diferencias:

Por eso, nos proponemos:

1. Promover, en el campo de la Educación, la formación y la capacitación que humaniza y da las herramientas para progresar en la vida, rechazando aquella concepción que la reduce a obtener mano de obra barata para la producción de bienes y servicios. Como lo ha señalado reiteradamente el Santo Padre "la educación es la clave del futuro".

Para cumplir nuestro objetivo se requiere una escuela de calidad abierta a todos y que a nadie excluya; una escuela con mayores recursos, más autónoma y creativa; una escuela eficiente con una jornada escolar más asidua, extensa e intensa, abierta a la familia para que padres, madres y maestros, asuman en conjunto la responsabilidad de que los niños y niñas aprendan a convivir, a conocer con discernimiento propio, a hacer y a emprender, para que lleguen a ser ciudadanos solidarios de la aldea global.

2. Promover la construcción de un Estado eficiente, moderno, democrático, que tenga la equidad como uno de sus metas esenciales. Este objetivo requiere a la par un proceso recíproco y complementario de fortalecimiento de la sociedad civil, entendiendo por tal a aquellas organizaciones que, sin afán de lucro e inspiradas por la solidaridad, se organizan en torno a un bien particular sin pretender el poder político. América Latina debe desarrollar una institucionalidad pública que abra los espacios de la participación ciudadana.

Una prioridad de dicha reforma institucional es el robustecimiento de los sistemas de justicia, hecho exigido por la reforma social y la defensa y protección de los derechos de los más desprotegidos, los pobres y excluidos. Un sistema de justicia accesible, independiente, ágil y eficiente es además una herramienta insustituible en la lucha contra la corrupción.

3. Promover con todas nuestras fuerzas la paz entre naciones y la paz interna de los pueblos para superar los conflictos vigentes que destruyen nuestra convivencia, siegan tanta vida humana e impiden la superación de la pobreza y el pleno desarrollo.

La paz no consiste sólo en la superación de la guerra. Es un estilo de vida basado en la verdad que genera confianza y credibilidad, y en la justicia social que hace efectivo el ejercicio de los derechos de cada persona en la comunidad. Es también una manera de enfrentar los conflictos por medio del diálogo y la búsqueda de consenso.

La paz requiere un corazón pacificador, como el de Jesús y el que El proclama en las Bienaventuranzas. Por eso es indispensable educarnos permanentemente para ser constructores de la paz.

IV. Juntos en el camino del progreso

11. Hace mucho que llegó la hora de la acción. Se requiere urgentemente promover el empleo que personaliza y dignifica, la productividad que multiplique el talento y los bienes materiales, el pleno imperio de los derechos humanos, la promoción de la mujer, el protagonismo de los jóvenes, el respeto por los ancianos y los niños. Todo ello porque con el magisterio de la Iglesia estamos convencidos que "el desarrollo integral y solidario es el nuevo nombre de la Paz" (S.S. Juan Pablo II).

12.. Aspiramos, por eso a que nuestras diferencias nos sirvan de estímulo para ser más creativos en la pronta solución de los problemas e injusticias que aquejan a los desvalidos y que la fe, o la creencia, jamás sea usada como excusa para tolerar la pobreza y la exclusión. Por el contrario, desde ya pedimos a todos que cuenten con el concurso de la Iglesia, con cada uno de nosotros y con las entidades en las cuales trabajamos.

El camino es claro: ¡Con Cristo encarnado queremos globalizar la dinámica de la solidaridad!

 

+ Oscar Andrés Rodríguez Maradiaga Prof. Guillermo León Escobar Herrán
Arzobispo de Tegucigalpa Director de la Fundación Simón Bolívar
Presidente del CELAM Coordinador delegado por CIEDLA
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Tegucigalpa, 2 de Julio de 1998