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 Cartas desde Belgrado 3  

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OTRA CIUDAD: BELGRADO

Silvia Monros de Stojakovic <silwoolf@EUnet.yu>

Otra Ciudad

El día en que la OTAN celebro el cincuentenario de su fundación, yo me despedí de mi hija en el Aeropuerto Internacional de Budapest.

De allí ella prosiguió rumbo a la Argentina vía Amsterdam. Menos mal que tenia ya una cierta idea del itinerario, porque hace diez años ella, su hermano y yo ya habíamos hecho ese mismo recorrido, pero entonces partiendo desde Belgrado. Ahora no se puede despegar desde la capital de Yugoslavia.

A la capital húngara llegamos un día antes, porque por Yugoslavia ahora solo se viaja de día, y el viaje por carretera entre una capital y la otra ahora ya no se puede hacer en cinco horas, como antes. Ahora dura el doble de tiempo, porque para llegar a la frontera hay que ir encontrar algún puente que todavía no haya sido destruido.

En la frontera las autoridades húngaras hicieron bajar a todos los pasajeros de este autobús repleto se separaciones y familias destrozadas. A todos nos hicieron abrir hasta el último bolso, como si de aquí fuéramos a contrabandear armas para allá. Como si de aquí fuéramos con las sopas en polvo Argo y Maggie que de allí muchos yugoslavos estuvieron contrabandeando para sobrevivir estos últimos años. Las autoridades pusieron mucho esmero profesional al revisar la valija de una señora que dejaba en casa todo lo demás, empezando por su madre. La señora me contó que precisamente su madre la ayudó a tomar la decisión: "Tu vete a Nueva York, que allí te necesitan mis bisnietitos". Ese esmero hasta la humillación las autoridades fronterizas de un país vecino que, como con la mayoría de sus vecinos, Yugoslavia tiene acuerdos especiales de amistad colaboración mutuas, también lo pusieron al revisar todas las demás valijas. En tanto las autoridades cumplían su deber, nosotros estuvimos dos horas y media parados por ahí, mientras los perros de policía nos olfateaban.

Luego proseguimos el viaje, y cuando al atardecer llegamos al Estadio Nep, al autobús subió la representante de la agencia a través de la cual emprendimos el viaje. Ahora el turismo no consiste en echar una mirada a la izquierda y ver la Torre Eiffel, y otra a la derecha y ver la Torre Inclinada; ahora consiste en optar por el hotel que queda más cerca de tal o cual embajada, o bien por el otro, más alejado del centro, pero que también está cerca de otras embajadas. En efecto las cancillerías de esas embajadas fueron cerradas en Belgrado cuando empezó el bombardeo; todas ellas pertenecen a los países que desde entonces bombardean Yugoslavia.

El hotel por el que mi hija y yo optamos sencillamente resultaba menos costoso. Por lo demás, los yugoslavos pueden entrar a la Argentina sin necesidad de visado. Como hasta hace algunos años podían entrar a todas partes. Ahora los varones no pueden siquiera salir, a menos que tengan más de sesenticinco años. A los yugoslavos no se los deja entrar a otros países; no pueden salir del suyo; no pueden importar nada, y su industria, su infraestructura, sus campos, sus hospitales y su posteridad siguen siendo metas militares. Ahora a uno no se lo deja salir, ni se le deja que pueda hacer entrar algo: ahora solo le está permitido aguardar el turno de la gran ruleta rusa de una muerte inminente pero paulatina.

Primero las uñas, luego las pestañas. Después la lengua; los ojos también. Un dedo, otro dedo: las manos y los pies. Cincuenta años de pasado en el que a duras penas se fue construyendo todo lo que en un mes borra el futuro de otros cincuenta años.

En el hotel una masa humana proviniendo de Pristina, de todo Kosovo, de Serbia. Ya en el autobús vinieron dos albanesas; en el hotel otras muchas. Gitanas de todas partes, empitucadas, con blusas con lentejuelas. Los chicos jugando al gallo ciego por las escaleras. Ya todos llevaban días haciendo cola delante de alguna embajada. Cuando uno de ellos se enteró de que para la Argentina no necesitaba visa, sonriendo como un personaje de Emir Kusturica me preguntó: "Pues me voy para allá, ¿pero donde diablos queda eso?".

Las colas se empiezan a hacer a partir de la media noche, para lograr turno al mediodía siguiente. Entonces se hace la cita después de la cual tan solo pueden empezar los trámites.

Ahora, pero, no hará falta hacerlas; ahora los pasaportes yugoslavos son rechazados de entrada por orden oficial.

Mi hija y yo nos fuimos a dar una vuelta por el centro. Hubiera querido llevarla al Castillo de Buda o a dar una vuelta en lancha por el Danubio de noche, pero ella me dijo: "Mamá, mejor nos sentamos en un cafetín para ver a la gente". Asique nos sentamos en el Art Cafe de la calle Baci. Ahí oímos la misma música que habíamos estado oyendo en cualquier cafetín de Belgrado, hasta el 24 de marzo. De día en Belgrado los cafetines siguen estando llenos de jóvenes. Las mamás se pasean con sus bebés. Los niños juegan a las bolitas. Los amos de perros también sacan a pasear a sus caninos. De día. Incluso bajo la sirena de alarma. De noche nos quedamos cada uno con sus pensamientos, incluso antes de que toque la sirena.

Oímos pues la voz de Tina Turner, de Sting y de Freddy Mercury. Ahora por la radio la música en Belgrado es mas bien ambiental. Sin tonos demasiado altos; sin tonos demasiado lentos. Como que al sonido de un mero frenazo por la calle ya nos sobresaltamos. Cuando las sirenas empiezan, todos los vidrios crujen. Mas adelante ya estallan.

Sentadas en ese café, vimos a mucha gente charlando despreocupadamente. Supusimos que debían charlar de los temas de los que mas o menos aquí también se charlaba. El estreno de alguna pieza de teatro. Vimos movimientos distendidos; vimos miradas alegres. Después de una botella de Tokay para celebrar nuestra ultima velada juntas, Sanda y yo dimos alguna vuelta mas junto al río. De repente oímos de lejos una sirena. Debía ser alguna ambulancia. Al instante Sanda y yo nos miramos. Nuestra mirada no correspondía a ese mundo paralelo. Nuestra mirada era la del sonido de las sirenas de este lado de la realidad.

Por fin volvimos al hotel. Dice Sanda que tuve una pesadilla, y que me desperté exclamando: "¡Pero si estamos en Budapest!". La pesadilla quiere decir que de hecho habré podido dormir. Sanda también durmió, a pesar de mis gritos. Creo que soné encontrarme a orillas de algún mar, pero que por encima mío - que no me veía pero sabia que estaba sobre alguna roca como aquella en que un lejano verano estuve tomando sol en Mallorca, tras lo cual en el hotel de entonces, en Las Palmas, note que estaba tiritando de escalofríos porque sin que lo notara me había venido una insolación por primera vez en mi vida - digo que por encima mío en ese sueño de Budapest volaban aviones que tampoco se veían. Solo se veían las nubes negras con que eclipsaban los reflejos del agua. Es que en el autobús de Belgrado antes de llegar a destino, ese día oímos que la aviación de la Alianza había perforado la barrera del sonido atacando varias localidades de la Costa Montenegrina, al sur de Yugoslavia. Cuando la barrera del sonido se perfora, quiere decir que las sirenas de

alarma ni siquiera han podido ponerse en marcha.

En una de esas bonitas localidades mediterráneas todos estos años yo por ejemplo había logrado restablecer mi armonía interna cuidando un jardín, podándole la ligustrina, quitándole las hojas viejas a la palmera, hablándole a un cedro que plante y veía crecer. Ahora ya no se puede llegar a la costa, ni en avión ni por carretera.

Al día siguiente, en Budapest, Sanda y yo hicimos un breve paseíto junto a nuestro hotel. Sanda queria llegar tres horas antes al aeropuerto. Quería concentrarse en todas las etapas desconocidas del nuevo capitulo que estaba por empezar; quería revisar el mapa del Aeropuerto Schipfol, un enorme laberinto en el que hace diez anos nos extraviamos; quería hablarme de los amigos que vinieron a despedirla el día anterior.

En el aeropuerto reconocimos a varias personalidades destacadas de la vida artística de nuestra ciudad. Quizá algunas de ellas viajaran como de costumbre, a alguna exposición o gira internacionales; quizá algunas de ellas viajaran por esa razón. Sanda y yo nos abrazamos. Tratamos de bromear. Nos acordamos de lo que habíamos leído en una pared de Belgrado: "Si ahora no nos volvemos locos, de veras no somos normales".

Volví al hotel. Pase ahí otra noche, puesto que, como ya dije, de noche no hay circulación por las carreteras que quedan en Yugoslavia. Si dormí, no soné.

Cuando al atardecer del día siguiente llegue a Belgrado, bajo la alarma de un ataque aéreo pendiente, mi esposo me dijo: "Que la bienvenida te la de la noticia de que Sanda ya ha llegado a Buenos Aires. Todas tus primas fueron a esperarla. Acaba de llamar por teléfono".

A Belgrado llegue al día siguiente del cincuentenario de la OTAN: al mes de su bombardeo: el 23 de abril Sanda se fue; el 24 yo volví.

Ahora Sanda quizá no hubiera podido hablar con su papa, porque anteanoche tuvimos un apagón. No solo en Belgrado; no solo en toda Vojvodina, sino en toda Serbia. Desde el cielo ensayaron unas fibras con grafito que provocan cortos circuitos como para que además de quedarnos sin electricidad, a ciertos barrios o a los pisos mas allá del tercero tampoco llegue el agua: las bombas de presión funcionan a base de electricidad, lo mismo que los teléfonos que ahora usamos. Al quedarnos sin luz nos quedamos sin voz.

Desde el cielo, además, también han venido cayendo papelitos con mensajes escritos en un serbio mal traducido del inglés. Aunque compartiera parte de esos mensajes, me temo que habría que quemarlos de inmediato, porque parece que se imprimen en bases militares en las que los trabajadores tuienen que ponerse trajes que los protejan de los microorganismos con que se impregna el papel, además de que me pregunto quien y por que me sobrevuela día y noche, ahora que los aviones de aquí no pueden despegar. Ahora que las refinerías están en llamas. Ahora que los autos son cada vez más raros, además de que ya no tienen muchos lugares adonde ir.

Antes íbamos por lo menos a tomar un café en la Torre de Televisión del Monte de Avala. Ese símbolo de Belgrado, que siempre nos indicaba, al volver de alguna parte, que ya estabamos cerca de la ciudad, ahora solo se puede ver en antiguas fotografías. Efectivamente, la Torre fue derrumbada la noche en que también se destruyó el edificio del Estado Mayor Supremo, en pleno centro. El edificio era otra joya arquitectónica, en forma del cañon del rio Sutjeska, donde durante la Segunda Guerra Mundial se libró una lucha épica contra los invasores de entonces.

Esa misma noche en que a tres cuadras de nuestra casa se produjo un nuevo error colateral. A consecuencia de este error, ayer sucumbió a las heridas una maestra de veintitrés años. Esa noche todo nuestro edificio gimió. Por la madrugada de esa misma noche hubo un terremoto de 5,5 grados. Cuando todo el edificio volvió a gemir, yo le dije a mi esposo: "Esto es solo un terremoto".

Se lo dije con la calma de la vendedora del mercado, que el otro día, cuando se oyó una detonación sin previo aviso - y que, mientras compraba naranjas que ahora cuestan un ojo de la cara, como todo lo demás que aun se pueda seguir comprando, le pregunte si se trataba del desmontaje de algún artefacto celestial - simplemente me contesto: "Ay, mijita, esta es mi quinta guerra. Hasta la tercera todavía hacia caso de esas cosas".

Tanto cielo, y tan malgastado! El correo aéreo por supuesto no funciona. En realidad, de aquí al exterior sigue funcionando, pero en los países de la OTAN no se aceptan envíos para Yugoslavia. Por si acaso, desde Budapest le mandé a Sanda una postal a Buenos Aires el mismo día en que se fue en avión. Le mande una postal que había llamado su atención a través de la vidriera de la librería. Una postal de esa Otra Ciudad. En el día del cumpleaños de la OTAN.

El seis de mayo fue mi cumpleaños. Cumplí la misma edad, si es que el tiempo de ellos y el tiempo mío tengan algo que ver.

Ese día termine el texto de Otra Ciudad.

Desde esta ciudad blanca, que ya no es la misma.

Que también es Otra.

Ahora en esta ciudad del cielo también caen encendedores bolígrafos o biromes que explotan en las manos.

Ahora, en esta ciudad. Otra Ciudad

 

Silvia Monros de Stojakovic