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CIUDAD DE PERROS Y OTROS ANIMALES

Silvia Monros de Stojakovic <silwoolf@EUnet.yu>
31 Mayo 1999

Ciudad de perros y otros animales

Tras haber terminado un trabajo del orden de magnitud de 750.000 espacios electrónicos a principios de este año, y habiendo cobrado el último día laboral del año pasado un dinero decisivo que se me debía desde hacia más de un año y medio, inauguré este año convencida de que sería el mío, por esos indicios prometedores, y por otras muchas razones. Entre otras, porque los tres nueves del año en curso pueden interpretarse como el inverso de la Fiera Apocalíptica. Además, ya dije que en 1999 cumplía un número redondo de apios.

Si mis coetáneos de la OTAN me hubieran impactado por lo menos un día antes de mi cumple, todavía hubiera podido permanecer linda y joven para siempre. Por supuesto, la Alianza Occidental me volvió a hacer una mala jugada, así que al día siguiente tuve que ir al salón cosmético.

Un día después del seis de mayo, que aquí en Serbia coincide con una "slava" muy difundida, fui pues al salón. Bajo la sirena que anuncia nuevos ataques aéreos. Previamente pregunté si, dadas las circunstancias, mi cita seguía según lo fijado por teléfono.

Posteriormente aclaro: la "slava" es la fiesta del santo patrón de una familia. La del seis de mayo se llama "Djurdjevdan".

San Nicolás, el 19 de diciembre, también tiene mucha difusión. Con motivo de la "slava", la familia enciende una vela delante del icono de su santo.

En fin, en la noche entre el 7 y el 8 de mayo se produjo el primer gran apagón en todo el país.

Seguramente para que mi belleza asistida no encegueciera a los pilotos que si no apuntan bien, al final tienen que descargarse por donde sea, como que a la base no pueden volver cargados. Si se descargan en un pueblucho de las montañas montenegrinas, vaya y pase, pero si los pescadores italianos empiezan a sacar explosivos no activados en sus redes, la cuestión podría exigir explicaciones adicionales de los primeros entre pares. Y eso ya resultaría un tanto incómodo, o al menos poco práctico, porque no es en los pescadores en lo que hay que concentrarse, sino en los refugiados "albano-kosovares".

Este sintagma lo pongo entre comillas, porque ni siquiera en Albania hay albanos. Hay albaneses. En Kosovo hay yugoslavos pertenecientes a la etnia albanesa; también hay albaneses clandestinos, o infiltrados. Por el llamado Ejercito de Liberación, instrumento del Pentágono. Por lo demás, en Yugoslavia hay más de un millón trescientos mil refugiados de todas partes. De Kosovo hoy se refugian incluso los pájaros, desde que el 24 de marzo empezó el bombardeo. Apenas si queda allí piedra sobre piedra.

Total, a través de los medios de información mundiales (muchos de los cuales son propiedad directa de las corporaciones que fabrican motores para bombarderos, como por ejemplo la General Electric) después se hacen circular estremecedoras imágenes de las viviendas "bombardeadas por los nacionalistas serbios", aunque sabido sea que en Serbia ahora no pueden despegar ni siquiera los aeroplancitos agrícolas para combatir los mosquitos. Una de mis amigas me dijo el otro día: "Si con sus setecientos vuelos diarios y los 250.000 barriles de combustible que desparrama por las alturas, la OTAN por lo menos me liberara de los mosquitos..."

Pero dejémonos de propaganda. Volvamos a lo crucial, a saber: a mi salón y a mi belleza. Cuando salí de allí - del salón - prodújose la primera oscuridad total. Los muy atorrantes impidieron con fibras de grafito que yo me luciera.

Esas fibras parece que los divierten sobremanera a los atorrantes esos de mi grado.

Desde entonces las han venido echando otras varias veces. Por si acaso, también han bombardeado las centrales eléctricas con métodos clásicos, hasta los cimientos. Esta madrugada lanzaron nuevos misiles a la central termoeléctrica de Obrenovac mientras todavía se trataba de apagar el incendio que horas antes se había apoderado de todas las instalaciones.

Desde el fabuloso hallazgo de este chiche de grafito, además de quedarnos sin luz, nos quedamos sin voz, ya que la mayoría de teléfonos funciona a base de electricidad. Lo mismo que el agua. Desde entonces, ni nos animamos a pensar en el próximo invierno: todavía queda por ver qué haremos en pocos días, cuando el calor llegue a cuarenta grados. Menos mal que ya nadie compra pescado: los ríos están enfermos.

Ríos, pájaros.

Más, no solo los pájaros huyen de Kosovo, sino que las aves del Jardín Zoológico de Belgrado dejan de empollar la futura cría. Las cebras abortan.

La elefanta, llamada Twiggy, ahora hace honor a su nombre. Es la mitad de lo que era. Pasa hambre. Cuando muera, servirá para alimentar a sus colegas carnívoros.

Sin embargo, más que el hambre, lo que a todos los enloquece es el ruido. De las sirenas; de las explosiones; detonaciones; barreras de sonido perforadas; trayectorias teledirigidas casi a ras de tierra. Por eso ya ni quieren vivir. Quieren preservar a su posteridad de la vida. Algunos pájaros revientan los huevos sin siquiera hacerlo para comer su contenido.

Los lobos son los primeros en captar el sonido del pavor. Entonces se ponen a aullar su canción de llanto. Luego incluso los cocodrilos lloran de verdad.

Por fuera del Zoo, perros de raza deambulan con mirada de desamparo por las calles heridas de la ciudad. Sus amos se fueron. No pudieron llevárselos consigo. Se fueron los conciudadanos que pudieron irse; los que, por ser pudientes, antes tenían perros de raza.

Esos perros ahora están mas perdidos que los que nunca fueron mimados.

De los humanos ya no tengo ganas de hablar. El hombre inventó la jaula y el hombre inventó la bomba; el individuo es lo de menos. Todo un pueblo esta aquí enjaulado al tiempo que lo bombardean sin cesar.

Hace tres noches una bomba cayó a cincuenta metros de nuestra casa.

Quien sabe por qué, no explotó.

Ayer por la mañana la sacudida de todo el edificio me sorprendió mientras me duchaba.

Mientras me ducho - cuando vuelve el agua - desde hace un cierto tiempo me pregunto y que pasaría si en una de esas, en plena ducha; mientras me duchaba, ayer por la mañana, once transeúntes perecieron en el puente de Barbarin. Esta madrugada impactaron otro hospital belgradense en el que también estuve internada, años atrás, y en el que nuestra hija tuvo una operación oftalmológica cuando era pequeña. Todos los números impares de esa calle se quedaron sin vidrios, sin puertas, muchos edificios sin techos. El agua, ese liquido precioso, inundando las habitaciones del hospital por los desperfectos ocasionados en las cañerías.

Nueve ancianos asesinados, en un tercer hospital, en Surdulica. En una cárcel de Kosovo, doscientos muertos en tres días de bombardeo intermitente. Un presidiario de etnia albanesa comento, mientras otros presidarios sobrevivientes lo sacaban por debajo de los escombros: "Y pensar que yo me creí que los norteamericanos eran mis amigos, ¡con todo lo que me prometieron!"

Por que no explota de una buena vez la bomba de enfrente, o por lo menos la verdad.

Sin embargo, sé que de noticia estamos pasando a ser rutina; ahora que todo se ha convertido en meta legítima del Angel Misericordioso, sé que los diplomáticos siguen intercambiando puntos de vista. Siguen considerando, deplorando, tomando en consideración, considerando (a fines del mes que viene). A veces hasta condenan resueltamente. En tanto, yo ya no respiro como antes, como hasta hace cinco días, para no ir más lejos. Es como si desde entonces tuviera un nudo en la respiración; es que desde entonces la orgía se ha ido haciendo cada vez más torpe y más pervertida que nunca. También sé que tras seguir invirtiendo toneladas de dólares en la historia oficial y otras faenas correspondientes a los servicios de inteligencia de los Protectores de la Humanidad: se que nadie en el exterior jamás podrá saber lo que esta pasando exactamente.

Salvo los que, para evitar catástrofes humanitarias, con fría precisión imparten órdenes a los cazas, a los portaaviones y a los apaches. A los periodistas, a los tribunales y a los demás socios. Esos very few saben perfectamente como funciona el mundo; la paz; la vida.

Por aquí, hasta los árboles empiezan a desistir de la misma.

Lo mismo que los animales, los árboles también sufren bajo los hongos de humo que a través de la ventana ahora veo incluso de día, antes de volver a bajar la persiana.

Veo ramas abatidas, y veo hojas del color del cielo de la Ciudad Blanca: todo gris.

Gris, todo lo que veo, y todo lo que vivo. Si es que no soy ya daltoniana.

Como un perro más.

O menos.

 

Silvia Monros de Stojakovic