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 Cooperativa de Trabajadores Agrarios, de Roberto F. Bertossi  

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COOPERATIVA DE TRABAJADORES AGRARIOS

p. Roberto F. Bertossi

bertossirf@yahoo.com.ar

La historia del cooperativismo agrario en Argentina y Sudamérica se remonta a los primeros inmigrantes europeos cuando inicia su desempeño,  aproximadamente ya a partir del año 1880 de modo embrionario e inorgánico.

En Argentina propiamente, cómo no recordar las cooperativas “El progreso agrícola”, de Pigué (1898) en la provincia de Buenos Aires tanto como las de la provincia de Córdoba,  la de Colonia Caroya (1912), la de Morteros (1914), etc.

En nuestro país, el notable desempeño agrario de estos últimos años, su repercusión agroindustrial en las económicas regionales, su incidencia en el comercio exterior y, mas que menos, directamente, en el mercado interno, en la balanza de pagos y en las propias políticas sociales facilitarían la audición de frases tales como “agroboom” o tales, semejantes.

Lo cierto es que esta reverdecida e incrementada ‘perfomance’ demanda naturalmente múltiples y diversa mano de obra –peones rurales: arado, sembrado, fumigación, riego, recolección de cereales, granos y  frutos del campo en general; tratamiento, clasificación, valor agregado, acopio, transporte conocimientos, información satelital –metereológica, de mercados, etc-,  equipamiento, mantenimiento como tantos otros oficios y servicios inherentes a la transformación, manipulación,  distribución y exportación de los productos agrícolas.

No se nos asignará mayor mérito por sostener que por lo general, la situación del operario rural estuvo y está signada por la incertidumbre laboral, estacional y climática, el trabajo en negro, la ‘intemperie’ personal ante riesgos propios de las actividades agrícolas, la competencia desleal de trabajadores de países vecinos; total ausencia de seguridad y previsión social laboral que, en un resumen centrifugado, permite inferir que, acabada la vida útil del campesino trabajador -no propietario-,  este termina poco menos, arrojado en la ‘providencia estatal’ del gasto publico con políticas sociales  tan ‘desafinadas’, acotadas y desfinanciadas que nos proponen el desafío intelectual de lograr finalmente combinar las políticas de crecimiento, de superávit con las de distribución,  dentro del marco de razonables programas nacionales y regionales agrícolas.

Por eso, los derechos de los trabajadores agrarios, su capacitación y reconversión en un escenario agrario inmerso en procesos de concentración y globalización irreversibles, hacen a líneas de acción y políticas publicas impostergables, financiables con los propios tributos, aranceles y retenciones que el sector agrario hoy aporta a un crecimiento sostenido con superávit.

Ante semejantes avances cuantitativos y cualitativos debemos poder visualizar y trabajar por un futuro más diáfano, promotor y protector de la dignidad obrera rural como de las condiciones de vida propias personales, las de sus familiares y colaboradores.

La estacionalidad agraria no superada aún,  los cambios climáticos entre los más destacados de otros factores no puede continuar justificando un sistema agrario en donde la variable de cambio y ajuste continúe siendo el empleo transitorio y eventual, el analfabetismo (Vg., cuando concluye la cosecha en el norte...azúcar, arroz, soja, algodón, etc., los trabajadores agrarios no tienen otra opción que las migraciones internas con sus familias en búsqueda de otras tareas o labores Vg.,  la producción de manzana en el sud y, así entonces, los hijos de estos subempleados agrarios en edad escolar verán truncarse una y otra vez sus estudios –de por sí, elementales- que, por lo general, no terminarán jamás asegurándole con ello más postergación y más pobreza, más desaliento para la cultura del trabajo pero,  lamentablemente más aliento para   el menor esfuerzo y el máximo beneficio e ilimitada satisfacción  -que no excluye ni vicios ni excesos sino que los ensalza con todo denuedo-;  y donde pareciera prevalecer el deseo y la compulsión por lograr la eternidad del instante y del instinto, acaso  en otro poco de alcohol en ‘la payada de la pobreza’.

Ante este empírico estado de la situación agraria laboral, la promoción e impulso para la constitución de Cooperativas de Trabajadores Agrarios, entendidas como empresas de servicios e integrada por empresarios de su arte, oficio, destrezas, trabajo y profesión personal agraria  e independiente, se nos presenta como una solución posible y ante ello, Heidegger diría nuevamente que “lo posible es mas real que lo real”.

En esta cooperativa, cada persona trabajador/a asociada, aportará –como señalamos- su arte, oficio, destrezas, trabajo, esfuerzos y profesión para lograr una oferta cooperativa adecuada, actualizada, diversificada, de calidad y eficiencia para atender las grandes demandas actuales de los propietarios agrarios.

Pero para ello, será esencial:

  1. Plasmar un reglamento interno cooperativo que, armónica y dinámicamente, coordine y jerarquice calidad y cantidad de trabajo aportado en los términos del articulo 42 inc. 5.b) y cc. de la ley de cooperativas, 20.337, ya que, claramente, el aporte de un modesto operario no debe equipararse al de uno calificado o profesional. Igualmente, el tiempo y calidad del trabajo o servicios aportado por cada asociado deberán ponderarse y retribuirse equitativamente;

  2. Animar y alentar la asimilación cultural de cada asociado en cuanto en la cooperativa no será nunca empleado sino empresario con todos los riesgos pero también con todos los beneficios que ello implica y esto se traduce en toda “ajenidad’ de vinculación laboral;

  3. Capacitación e información permanentes para alcanzar, progresivamente,  las mejores calificaciones técnicas, administrativas y de gestión;

  4. Inteligencia y cobertura integral del mercado agrario patronal demandante a través de redes regionales de cooperativas de trabajadores agrarios, solidariamente compensadas y complementadas, singularmente ante la estacionalidad, la adversidad climática o externalidades negativas ambientales;

  5. Las inversiones, el financiamiento y la capitalización cooperativa;

  6. Un concreto fomento público, privado[1] y mixto (Vg. contratos de leaseng para grandes maquinarias, contratecooperativo, comprecooperativo, etc.);

  7. Una eficaz fiscalización de los órganos públicos de regulación cooperativa respecto de la seguridad y transparencia en los caracteres y finalidades de cada una de estas cooperativas de trabajadores agrarios;

  8. Intangibilidad tributaria;

  9. Vinculación con el INTA, el INTI, las Universidades,  facultades y escuelas aerotécnicas, etc.;

  10. Ferias y exposiciones de las cooperativas de trabajadores agrarios con la presentación de su trayectoria, oferta y especialización,  objetivos, logros, infraestructura, organización y funcionamiento.

Hasta estos días, quizás hasta esta propuesta, sólo se entendía por cooperativa agraria a aquella asociación de personas físicas o jurídicas titulares de explotaciones agrícolas, forestales o ganaderas que tiene por objeto la prestación de suministros y de servicios así como la realización de operaciones, encaminadas al mejoramiento económico y técnico de las explotaciones de sus asociados. Nadie pensó, ni escribió ni dijo  nada para los trabajadores agrarios.

Las cooperativas de trabajadores agrarios se inspiran e impregnan en la nueva supremacía solidaria, proactiva y equitativa del articulo 75, incisos 17, 18, 19, 22 y cc. de nuestra Constitución Nacional.

Asimismo, estas cooperativas despejarán la conflictividad laboral rural actual, reducirán concretamente entre otras cosas,  el desempleo y el analfabetismo a la vez que reclamaran de todos y de toda comprensión, conocimiento y compromiso con la esencia, principios y marco axiológico que las inspiran, le dan origen y las justifican social, económica y políticamente.

De tal modo, legisladores, funcionarios y magistrados impedirán que bajo una caricatura o simulacro de legalidad cooperativa se oculten situaciones de dependencia laboral tanto como el disfraz de verdaderas  relaciones laborales ajenas –insito- a una auténtica cooperativa de trabajo en general y de trabajadores agrarios en particular.

Así iremos plasmando cooperativas de trabajadores agrarios puras, diseñadas, configuradas, administradas y operadas por trabajadores y profesionales libres e independientes que, conservando su autonomía e independencia laboral, económica y jurídica personal, sin perjuicio de integrar un equipo solidario cooperativo, mancomunando sus esfuerzos propios y confraternizando sus mutuas ayudas, distribuyan y redistribuyan los excedentes generados con el sudor de ‘todo su cuerpo’, con el ‘esfuerzo y sudor’ de la creatividad, de la inteligencia emocional y de la determinación estratégica de sus asociados, institucionalmente organizados y eficientemente gestionados.

Su implementación será un gran salto cualitativo que evitará intermediarios, voraces fines de lucros y aun, ‘plusvalías’ inadmisibles actuales.

A partir de la experiencia pasada, es esencial tener muy presente que el elemento humano es vital para reanudar un crecimiento equilibrado y  duradero. Entonces, el capital físico, nuestro capital humano y los recursos humanos en general  no deben ser sustituidos ni subestimados siquiera.

Es preciso diseñar con saberes, experiencia y trayectorias, con cuidado y con prudencia,  políticas publicas de estado para garantizar de un modo mejor una viabilidad económica a largo plazo, más reconciliada con el ambiente y mediante el elemento humano esencial como insustituible.

En esta perspectiva no se podrá olvidar que en la concepción de un desarrollo equilibrado y sostenido, la eficiencia y la igualdad, el crecimiento y la justicia social, siempre deben ir de la mano.

Por consiguiente, las cooperativas de trabajadores agrarios deben integrar y complementar estrategias de crecimiento que también produzcan cambios estructurales para el avance social y la protección adecuada de los segmentos más vulnerables de nuestra comunidad nacional y regional, urbana y rural.-

[1] Por analogía,  asociaciones publico-privadas, (Decreto 967/05)