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 ¿Diálogo o Infalibilidad?, de Roberto F. Bertossi  

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¿Diálogo o Infalibilidad?

p. Roberto F. Bertossi

 bertossirf@yahoo.com.ar

 

Conforme Aristóteles, `el camino a la verdad es la verdad´.

El campo argentino, el sector agrario y sus derivados alimentarios, productivos, generadores de puestos de trabajo, bienes, servicios, usos, consumos, divisas, progreso y bienestar para el propio sostén de pueblos, ciudades, provincias y de nuestra propia nación jamás merecieron el reconocimiento de su importancia, significación y trascendencia.

El mundo rural nunca fue convocado seriamente al dialogo nacional respetando su posición, su envergadura, fecundidad, lozanía de múltiples y diversos aportes esenciales, vitales e insustituibles no sólo para nosotros los argentinos sino para otros pueblos del mundo.

Este espacio terrenal siempre acompañó por su parte con generosas contribuciones -desiguales e inequitativas- el enriquecimiento, adelanto y desarrollo de este bendito suelo, de este país en su configuración institucional y republicana.

Después de siglos de esfuerzos y sacrificios no compartidos e infructuosos, recién hace unos pocos años, apenas si un quinquenio, la coyuntura internacional –no otra cosa- trajo un poco de alivio y aliento para el pequeño y mediano productor ofreciéndole la oportunidad de que lo suyo no fuera sólo una fatalidad histórica de lo poco-poquísimo que `le tocó´ en suerte o de una tradición o una cuestión cultural sino una coyuntura que podría reivindicar, reparar y de algún modo, indemnizar décadas de generaciones campesinas tan damnificadas como ignoradas y subestimadas por el conjunto de la comunidad nacional.

No obstante de modo inaudito, irracional, inconstitucional y ajeno a toda proporcionalidad, el Estado asestó un golpe confiscatorio tan tremendo que sacudió de tal modo la tranquilidad y mansedumbre campesino provocando la absurda crisis agraria actual de cuyo desenlace nada se conoce y mucho se teme.

Sí, es un golpe a esforzados laboreadotes de sol a sol, muchos, leales, fieles y modestos minifundistas, esta piedra angular, esta “epífisis agraria” despreciada por los reconstructores de la calidad institucional pero que nunca podrán despulsar.

Son mujeres y hombres, generaciones históricas y espontáneas como gratuitos guardamontes, de bosques, flora, fauna; de todo –jamás institucionalizados, equipados y redignificados estatalmente pero siempre abandonados a cualquier despojo-, patrones de todas las injusticias y postergaciones sociales, económicas y culturales argentinas que hasta podrían quedar ahora, fuera de la calificación en `la definición del eufemismo´ que se persigue respecto a lo que debemos entender como pequeño productor, esto es, una mera y burda obviedad acompañada de una supina ignorancia de nuestros minifundios los que, a pesar de los artículos 17, 41 e inc. 17, del Art. 75 y cc. de nuestra Carta Magna son impune y salvajemente desalojados de su historia, arraigo, afectos, familia y tradición por la fuerza ilegal e inhumana poderosa en el chaco cordobés como fatalmente en todos los chacos argentinos.

Esto mismo tiene que movilizarnos para que todos recobremos la confianza y determinación para un dialogo franco –sin precondiciones-, un diálogo leal constructivo productivo que nunca defrauda redoblando la esperanza común que se finca en un país que supo ser casa y escuela de fraternidad y debe volver a serlo desde la infraestructura de la amistad y la solidaridad social que siempre nos ofrece puentes para espacios y sectores circunstancialmente desencontrados.

Esto mismo tiene que guiarnos a una profunda introspección para conocer cuánto de error hay en mí, en todos, en cada uno y en cada cual para saber de que modo y en que proporción he contribuido a esta difícil y tensa situación actual.

Por cierto que todo eso en nada se corresponde con una critica sin atributos, con una especie de tenacidad de la tozudez propia de `talentos´ mutantes especulativos que torna harto difícil tanto dejar de observar y fiscalizar deberes ajenos como asumir las propias responsabilidades intransferibles.

Porque, no advertir y admitir a tiempo que nadie es infalible y que yo misma puedo ser el primer equivocado puede truncar la inauguración de un tricentenario patrio con un cambio de actitud en una nueva época donde ninguna obcecación será más que `verdurita a una Era´.

Estamos ante un buen momento para superar la crisis creciendo, llenando espacios vacíos entre trabajo, posibilidades y creatividad; entre dinero, dignidad, propiedad y progreso, entre poder y servicio reconociendo al otro, profundizando la confianza, la hospitalidad tradicional y cercanías provincianas argentinas porque, no se dude, nos sobra pasión y oportunidades, angularmente cuando el mundo demanda –y demandará más aún- alimentos para una seguridad alimentaria cuantitativa y cualitativa que está inmersa en el peor marasmo de todas las incertidumbres.

Así pues, no luce saludable relativizar la realidad a punto tal que, alguien, temerariamente, pretenda resolverla con simplificaciones dicotómicas, siempre confrontativas, excluyentes y descalificantes.

Debemos reencontrarnos con la armonía y la calma reafirmándonos en un compromiso mancomunado por la libertad, la democracia, la producción, la equidad, las afinidades y la paz; deberemos reencontrarnos con nuestros valores y tradiciones insitos e inherentes a los cimientos más profundos de nuestra Carta Magna desechando `éticas alternativas´ acreditando cada día esa autoridad que según Plinio se funda en la justicia y se ejerce por la virtud del ejemplo modo que gana a todos en elocuencia.

Nos sobran talentos locales para recobrar enriquecidas todas las oportunidades argentinas pero deberemos aproximarnos `sin recelos´ para rescatar el espacio propio de la idoneidad desde el dialogo y la comunicación autoobservada para que todos los sectores federales vuelvan a ejercer legítimamente con autonomía, independencia y responsabilidad su propio rol institucional e intransferible en la convergencia magna de la Constitución Nacional.

Finalmente compatriotas, ninguno de nosotros somos ni seremos infalibles, ninguna debe insistir en la osada autoatribución de calidad y característica semejante sin quedar atrapados por la soberbia de la petulancia de la altanería que ya ha merecido un anticipo sin fisuras de reproche nacional prestigiado por siglos de empeño, trabajo y sobriedad rural.