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 La Coherencia Profesional, de Mónica Maud  

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Junto con el cambio del sistema educativo, debe variar también la actitud del docente “modelo”

 LA COHERENCIA PROFESIONAL

 

Desde hace varios años, el país entero está sometiéndose a fuertes cambios estructurales en el sistema educativo. Gracias a la Ley Federal de Educación, o como consecuencia de ella, cada una de las jurisdicciones realiza ingentes esfuerzos por adecuar las viejas modalidades a las nuevas, desde el menor detalle, hasta la más abarcadora de las empresas. Todo es válido cuando se trata del mejoramiento de la calidad educativa. Pero, en ocasiones olvidamos lo esencial, dentro del proceso de cambio y transformación, nos olvidamos de de la actitud del docente frente al alumno. A ese alumno que también ha sufrido el cambio, quien al igual que el adulto, ha sentido los embates y los miedos de la transformación, ¿sabemos de qué manera respetar...?

¿Quién no se ha planteado alguna vez las dificultades, las imposibilidades, el cómo, de esto que en educación se llama “transformación?”.

El acompañar al nuevo sistema no implica solamente, sin quitarle un ápice de su real importancia, capacitarse, aprender nuevas metodologías y estrategias de enseñanza; significa también adoptar nuevas posturas en el aula. Pues de nada nos valdría tanta capacitación, si no hemos aprendido a movernos dentro de nuestro más pequeño contexto.

De un discurso decimos que, para ser entendido, debe ser coherente y cohesivo; es decir, debe poseer cierta lógica y razonabilidad. Es exactamente lo que, hoy, más que nunca, demandan los estudiantes. Y me refiero, sobre todo, a los “niños” de secundaria y de polimodal. A estos niños que actúan como adultos, que sin ser niños, sienten por sí mismos la incapacidad de su docente, y le temen aún al futuro.

El docente, el profesor, si bien, adopta cada vez la postura de acabar con  aquellas antiguas clases magistrales, por entender que la sociedad exige seres humanos participativos, no debe dejar solo al alumno. Es importante la función de guía que siempre ha desempeñado el docente en la vida no sólo escolar del chico, y por más cambios estructurales, leyes y obligaciones, no se puede ignorar la naturaleza humana: hasta determinada edad el ser humano precisa de guía y contención. Sin embargo, hay docentes que, respaldándose en marcos legales y/o pedagógicos y didácticos actualizados, dan órdenes, dictan consignas, solicitan investigaciones, etc. sin saber si el estudiante está preparado para lograr un rendimiento óptimo. Y sin prepararlos, en consecuencia. O, en otros casos, tardan horas áulicas en enseñar contenidos que luego o no son evaluados o son tergiversados en el momento de la evaluación. El alumno se siente, entonces, desconcertado, desorientado y corre el riesgo de fracasar.

El fracaso, en el caso de chicos no acostumbrados a ello (y en todos), sin que se entiendan las causas, conlleva la desconfianza hacia el sistema y hacia la persona y profesionalidad del docente.

Llevar un registro exacto de los contenidos que se imparte en clase, de modo que las evaluaciones no resulten “una sorpresa” para el chico; enseñar una metodología  de estudio y/o de investigación antes de pedir trabajos; ser lo suficientemente concreto de manera que las consignas sean interpretadas con corrección; realizar una autoevaluación para tener en claro si el proceso está dando sus frutos (sucede, a menudo, que en un grupo de cuarenta estudiantes, sólo cinco o seis logran aprobar un espacio, ¿no es un hecho que merece ser analizado?) son algunos de los instrumentos que darían coherencia y cohesión al discurso profesional del docente. Y seguramente se podría optimizar el proceso de enseñanza aprendizaje, de manera de generar mayor credibilidad y entrega de parte del adolescente.

Mónica Maud
Santiago del Estero

mmaud@ciudadcomar