FMM
EDUCACIÓN

República Argentina - Buenos Aires - San Nicolás
Educación, política, economía, historia, libros, nuevas tecnologías

Usted está en...

 Críticas Generales: Carta abierta de un docente en retirada  

Presentación

Inicio
Mi currículum
Editoriales
Mapa de este sitio
Novedades del sitio
Mi portal
Mi bitácora
Mis cátedras
Premios
Bromas de mis alumnos

Secciones

Alumnos
Humor educativo
Informática
Nuevas Tecnologías
Materiales para el aula
Escritos
Biblioteca Digital
Pedagogía
Proyectos
O.N.U.

Historia

Historia
Documentos
Notas
Un paseo por...

Recursos

Notas
Const. América latina
Documentos
Películas y Series
Educación especial
Esq. conceptuales
Frases célebres
Papelería
Presentaciones
Videos

Sistema Educativo

Entrada en la sección
Represent. docente
Leyes de Educación
Informes sobre Educ.
Docum. curriculares
Banco Mundial
Pol. educ. en Argentina
II Cong. Ped. Nacional
Críticas al sistema
Univ., Ciencia y Tec.
Provincia de Bs. As.

Comunicación

Enlaces
Contácteme

SISTEMA EDUCATIVO

CRÍTICAS

 

Carta abierta de un docente en retirada

Por Daniel Horacio Calbo

(Ver en Word)

Soy un profesor en disciplinas industriales a punto de jubilarme. No pensaba en jubilarme hasta hace bien poco. Siempre fui (y aún lo soy) un tipo lleno de ideas, de proyectos, con ganas de investigar y de perfeccionarme. Creo que el día que no tenga proyectos, sueños, emprendimientos, habré muerto aunque siga respirando. Desde el comienzo de mi carrera, disfruté enormemente de mi trabajo (por cierto que soporté estoicamente los míseros salarios de los ´80), y tuve muy buenas recompensas en el reconocimiento de muchos ex alumnos, a quienes ayudé mínimamente a ser buenos profesionales y mejores personas.

Pero hace tres años, comencé a pensar seriamente en retirarme, por las razones que expondré más adelante. Justo hace dos años, me llegó la nota de intimación del instituto de seguridad social, dándome por legalmente notificado acerca de la obligatoriedad de iniciar el trámite antes de que transcurrieran seis meses a partir de haberla recibido, so pena de ser declarado cesante y sin jubilación (vaya premio y reconocimiento a treinta y cinco años de trabajo).

En este momento, estoy terminando de presentar los n·1012 papeles que me pidieron… y me pregunto qué lógica tiene que, por un lado, yo deba pedir y rejuntar, por mi cuenta y costo, todos los certificados y presentarlos a la ANSES, si ellos lo verifican luego, preguntando lo mismo que yo, a los mismos lugares que me los extendieron, y por otro lado, de entre millones de jugadores desconocidos de todo el país, se sabe en segundos dónde están, cuántos son, cuánto cobrarán y cómo se llaman los ganadores del Quini 6.

Como sea, mi reflexión apunta a otro tema. Decía que hace tres años comencé a pensar en retirarme. La causa de este pensamiento no es el agotamiento, ni el cansancio, ni los alumnos, ni las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. La causa principal es la impotencia (no sexual, “todavía y a dios gracias todavía”); es la tremenda impotencia de escuchar a la directora retarme por pretender enseñar a mis alumnos lo mejor posible y de exigirles en consecuencia, y por su propio bien. Hay una serie de causas menores conexas, como por ejemplo:

·         La percepción en los integrantes de los equipos técnicos del ministerio, de que el estado queda obligado a asegurar la terminalidad a “los chicos” (ya no son alumnos), al hacer obligatorio el secundario. El corolario de esta insanía es que no puede haber alumnos desaprobados, y si los hubiere, es por la exclusiva mala praxis del docente.

·         La aplicación a rajabonete de la teoría constructivista a todos los contenidos, a todas las capacidades y a todas las actividades curriculares. El corolario de esta otra insanía es que cualquier procedimiento práctico que exija un protocolo determinado (como poner en marcha un motor de avión, con los peligros que conlleva hacerlo mal), es conductista, y por consecuencia, trauma “al chico”, es autoritario, y es malo.

·         La incoherencia de declamar que se debe atender a la diversidad, mientras no se respeta la vocación de cada alumno, que no es un aspecto menor de la diversidad. El corolario de esta insanía es que ningún alumno… perdón ningún “chico” puede elegir lo que desea estudiar, sino que está obligado a gustar de lo que los genios ya eligieron por él.

·         La endémica adulación ideológica de nuestros directivos y funcionarios hacia el gobierno de turno. En estos momentos, elevan a la categoría de verdad absoluta la ideología izquierdista, así como en los ´90 lo hicieron con la ideología neoliberal. Consecuentemente, ahora ya no se debe hacer un esfuerzo personal, ahora ya no hay que superarse; ahora hay que ser solidario; ahora hay que socializar todo. El corolario de esta insanía es que los alumnos que sí vienen a la escuela con ganas de estudiar, de aprender, de esforzarse por éllos mismos, deben resignar este sentimiento egoísta, mezquino e individualista, y adaptarse a la chatura de la masa. Tal vez aquí esté la razón de llamarlos chicos: son chicos para elegir, son chicos para pensar, son chicos para independizarse, y serán tratados como chicos toda la vida.

·         La inevitabilidad de la aprobación final de todos “los chicos”. Si tan sólo uno de éllos no aprobara, se sentiría discriminado, segregado y no contenido. Esto deviene en que si “el chico” no aprueba, se debe bajar la exigencia y reformular la planificación, proponiendo expectativas de logro que puedan ser alcanzadas por él; y se debe bajar la valla a saltar tanto como sea necesario hasta que “el chico” la pueda saltar sin esfuerzo, porque de este modo se sentirá mejor, y será un buen ciudadano. Un corolario de esta insanía es que todos “los chicos” comprenden, desde que nadie es tonto, que ya no es necesario estudiar para aprobar y pasar de curso, por lo que se sientan a esperar que el tiempo transcurra para obtener su certificado de libertad educativa. Otro corolario es que al recuperar su voluntad, la tienen atrofiada, tanto para estudiar en la universidad como para desempeñarse en un trabajo. Y lo que es peor: tienen una absoluta dependencia de la dádiva del gobierno de turno para subsistir dignamente (y según el gobierno de turno entienda por dignamente).

Todas estas son causas menores. Pero, repito, la causa fundamental es la impotencia que siente quien es reprendido por querer trabajar. En pocas palabras, la directora me aclaró a prueba de idiotas, que el trabajo docente ahora no es enseñar, educar, ni instruir a nadie. Ahora el trabajo docente es contener, incluir, motivar, entretener, divertir, aprobar y promocionar de año a “los chicos”.

A esta altura de mi vida, debo reconocer que ya no estoy para contenedor, incluyendo entretenedor, payaso, cómico, aprobador y promotor compulsivo de “chicos”. Para seguir en este trabajo, debo mentirles a los jóvenes (que deberían ser alumnos, pero son llamados “chicos”); debo hacer tan fácil el devenir de la permanencia de éllos en el aula, que permita a todos realizar las tareas asignadas sin angustias, sin traumas, sin dificultades a superar (aunque sean fácilmente superables); debo hacer la vista gorda y los oídos sordos al hecho de que están recibiendo disvalores en dosis homeopáticas, y tratar de no alertarlos del futuro que les espera fuera de la escuela, ya se trate de la universidad o de un trabajo.

Como nunca, hoy sé que dios es justo, pero no es todo poderoso. Hoy veo que sólo es justo conmigo, porque me está liberando de una tortura diaria en los últimos años de mi vida laboral, pero no es todopoderoso como para evitar lo que pasa con los jóvenes que están siendo achatados, frenados, anestesiados y deseducados cultural, profesional, y socialmente por una banda de delirantes que, negando la realidad, imponen sus intereses particulares y corporativos, disfrazados de verdad absoluta.

Tal vez esto no sea algo para que dios se ocupe, y deban realizarlo los hombres (y las mujeres… no sea cosa que el INADI me demande). Tal vez ya sea el tiempo de que alguien se plante y cante fuerte; tan fuerte como para que oigan los sordos si es preciso…

Me estremezco al pensar que estos “chicos” achatados, convertidos a la fuerza por el sistema, en ignorantes y holgazanes, algún día serán diputados, senadores, ministros y hasta presidentes.

¿Quién curará a los enfermos? ¿Quién juzgará a los delincuentes? ¿Quién escribirá en los periódicos? ¿Quién enseñará a escribir y a leer? ¿Quién representará los intereses de los trabajadores? ¿Quién planificará el desarrollo energético? ¿Quién administrará el erario público?

Sin duda alguien lo hará. Pero no me preocupa tanto quién, sino cómo lo hará. Y no me preocupa tanto por la idoneidad (ya hoy en día no existe), sino por los valores que regirán cada acción en el desempeño de estas tareas. En estos tiempos, el gobierno entiende por vivir dignamente, poder ver gratis (aparentemente) el fútbol, las carreras de autos, los torneos de balero y los campeonatos de bolita, y de paso, aprender todas las maravillas que el gobierno hace, durante los espacios publicitarios. La tarea de los gobiernos será simple: deberán mantener este formato, aumentando la cantidad de “pasatiempos para todos”, y administrando las dádivas que premian a consecuentes y aduladores, y excluyen a seres pensantes.

Cuestiones tales como la justicia, la libertad, la independencia, el esfuerzo diario, el proyecto de vida, la responsabilidad, la rectitud de conducta, la libertad de conciencia, la honorabilidad, y otras tantas, serán definidas y priorizadas por el gobierno, y presentadas en sociedad en los espacios publicitarios de los programas para todos (no sé si es casualidad, pero en el nombre del programa, se olvidaron de “todas”).

Cada uno de los días laborales que tengo por delante, hasta que me llegue la jubilación, sufro enormemente. Veo jóvenes en la flor de la vida, dejando pasar el tren de la única oportunidad que tienen para ser realmente independientes, para ser reales ciudadanos plenos de derecho, para ser capaces de tomar decisiones responsables por su propio buen juicio. Veo cómo se los acostumbra a dejarse estar en el camino de las cosas fáciles y regaladas, y se les hace creer que el Estado y todos los adultos, están obligados a satisfacerlos en todo, aunque no hagan nada para merecerlo. Veo jovencitas que, a pesar de las campañas contra el SIDA, son madres antes de los quince años, y jovencitos que viven alcoholizados de viernes a lunes, desde los trece años.

Los regímenes de calificación se tornarán más complicados para los docentes que insistan en no aprobar alumnos, y exigirán cada vez más informes individualizados, cada vez más detallados, acerca de las acciones desarrolladas por el docente con cada uno de los alumnos que no han aprobado, tomando cada acción emprendida como causa en su contra para responsabilizarlo por la baja calificación.

Los calendarios escolares estarán sobrecargados de jornadas institucionales, a las que los docentes asistirán resignados, calladitos, fingiendo oír mientras sus mentes divagan en otros terrenos. Los y las directores  y directoras recitarán en algunos casos un sermón vacío de contenido, y en otros casos harán catarsis personal… lo que no dejarán de hacer, es bajar línea, en consonancia con los y las obsecuentes del ministerio y plantear que lo que cabe es hacer lo que baja de la superioridad o renunciar. Indefectiblemente llenarán los informes que se piden y a otra cosa, sin mencionar los problemas reales existentes en las aulas, ni comprometerse con el deber de todo docente: educar.

Ahora se vienen los ciento noventa días de clases… y se vendrá la jornada completa. Así, los jóvenes estarán dejándose estar en el aula durante todo el día, esperando las dádivas estatales, para seguir permaneciendo en el aula a tiempo completo, navegando en la red o jugando en la netbook, y a la espera de alguna originalidad del adulto que los contiene, para que no se aburran. Y deberán estar así hasta que a los dieciocho años (si aún no son padres y/o madres), les digan que pueden ir a la municipalidad a pedir casa y trabajo, o a la universidad a reclamar el título que deseen. Todavía la universidad está fuera de esta órbita, pero temo que al quedarse sin alumnos por falta de conocimientos de los aspirantes, y desde que los profesores universitarios también necesitan un trabajo, comiencen a bajar las expectativas de logro, hasta que comiencen a egresar universitarios diplomados que no sepan leer ni escribir.

Me estoy retirando, y dios es justo conmigo, pero yo también tengo hijos, y temo por lo que les espera. Porque si no adhieren a los valores que hoy en día se fomentan, vivirán un calvario, y si se asimilan, serán algo parecido a los ilotas de la antigua Grecia.

Sólo espero vivir lo suficiente como para comprobar algún día que todos mis temores fueron infundados, y que todo este escrito no es más que una gran equivocación, salida de la mente de un viejo esquizofrénico.

Diciembre de 2014.